12 diciembre 2013

Feliz cumpleaños


Estas palabras no sirven de consuelo ni de denuncia. Estas palabras no pueden trascender la desazón ni la incertidumbre, el silencio o la impotencia. No pueden ayudar a nadie ni saben cómo hacerlo, quizá por eso han dejado de aparecer en este blog. Proscritas, porque sólo saben hablar de un drama que no cesa y que se va llevando a los seres queridos, uno a uno.

Hace tres años caminaba por esas calles, hace tres años hacía un frío glacial en Homs como hoy hace en Amán. Hace tres años, toda mi vida giraba en torno a un nombre y por ese nombre, hace tres años, tomé esas calles, para buscarlo. No lo encontré, pero me dejó un regalo de cumpleaños: una ciudad en blanco y negro que he enmarcado en mis recuerdos y me acompaña cada día; una ciudad que grabé a fuego en mi memoria bajo la lluvia torrencial; Homs meses antes de una revolución que la dejaría así, devastada.

Homs, cuando apenas nadie la situaba en un mapa y por eso la quería más. Homs cuando sólo era el recuerdo de un amor y me servía de excusa para mantener un estado de melancolía ñoño y barato. Homs aquella mañana del 11 de diciembre del 2010 cuando desperté con la lluvia cayendo sobre la terraza de mi casa en Al Qusur y no se me ocurrió otra cosa más absurda que salir a pasear, bajo el agua. Nunca he deseado tanto en mi vida calarme hasta las huesos, hasta que casi enfermo.

Pero... qué espectáculo, qué regalo para la memoria los ríos en el asfalto, el agua repicando en el cristal de los coches, la calle Al Cornish con sus microbuses, la gente aglomerada en la parada de autobus, ahí sigue la foto de Bashar y sus terribles ojos azules, que parece que lo observan todo... y caminar y caminar y llegar hasta el zoco y descubrir que también las especias celebran la lluvia y despiden sus olores, húmedos, se escurren entre los hombres que también han encontrado refugio bajo la bóveda recién renovada... chorreando agua te miran, unos ojos tras la cortina negra, como si llevaran la casa a cuestas y te observasen por un resquicio… ir a ver a Basel y que te reciba con esa sonrisa que te parece un milagro, un milagro que tardó 15 años en ver la luz, como si volviera a nacer, Basel nació dos veces y por eso Basel no puede morir. 

Dejo la tienda de Basel en el zoco refugiada en un paraguas de flores, me da por comprar un paraguas llamativo, de colores, en medio de esa orgía de grises, de agua gris, de caras grises, de edificios grises... y de especias con olores que no puedo describir. Tengo un destino fijado en mente, una dama que se llama Julia y que me espera en Bustan al Diwan, una dama que ese día se ríe por haberme tatuado sus flores, aunque parece que llora mientras la observo grabada en la roca. Chorreando, le hago preguntas silenciosas y no contesta. Le divierte intentar averiguar si lo que resbala por mis mejillas son gotas de lluvia o lágrimas.

Vuelvo a casa, por entonces sin agujeros de bala, vuelvo a casa y me espera cerca de la puerta Hala, la directora de mi escuela de árabe, es la única que me regala una tarjeta de cumpleaños, para que la recuerde. Hala, con esos ojos desgastados por el tiempo, esas arrugas que enmarcan unas pupilas de hierro, Hala, que no confesará hasta el último día que su hermano desapareció en los años 80 y que lleva décadas esperando verlo entrar por la puerta. Hala, que me regaló la última vez que nos vimos un libro de Palestina que leo aquí en Amán, un  libro sobre la historia reciente de un pueblo que lleva un siglo en el exilio, y que le va pasando el turno a los que le rodean. Ahora Siria, ahora a nosotros. Es imposible huir de las desgracias ajenas; por mucho que huyas, te encuentran.

Era la madrugada del 19 de abril, escuché los disparos, los gritos de los jóvenes volviendo de la plaza del Reloj Nuevo, olían a muerte, todo lo nuevo en Homs suena a chiste, todo ha envejecido como si hubieran pasado siglos, ya nadie reconoce las calles, ya no hay tiendas que reconocer, ni casas, nada. Una semana después volvía en ese avión que me ponía a salvo mientras dejaba atrás a los míos. Dejaba atrás la casa de Samhar, mi segundo padre, alguien que me trataba como a su hija, que me quería y me regañaba cuando me ponía a hablar en inglés, las veces que me decía “Si ya entiendes casi todo, tienes que empezar a hablar” y yo le daba la razón. Las veces que me he sentado a su mesa a comer, las veces que he comido kipi en esa cocina, las veces que su mujer me ha preparado Sakrie, el mejor Sakrie que he comido en mi vida. Su casa era mi refugio, mi bunker familiar contra un régimen que nos declaraba la guerra, de la noche a la mañana ya no te sentías seguro en ningún sitio. Allí conocí  a Adnan, donde me enseñó los vídeos de la matanza, donde aprendí lo que significaba “silmie”,“mundas” y “zaura”.

Uno de aquellos días me levanté temprano. Me dirigía a la cocina para desayunar cuando me encontré en el patio a Samhar, de espaldas, mirando a un punto fijo del muro que nos separaba del mundo exterior, sostenía un cigarro en la mano. Era una imagen escalofriante, aquel momento me hizo darme cuenta de su extrema delgadez, sus camisas siempre le quedaban demasiado grandes, siempre comentábamos el contraste con su mujer, hermosa y de mejillas redondas y sonrosadas… recuerdo detenerme y mirarle, sin que se diera cuenta de que estaba siendo testigo de sus pensamientos… que se escapaban por el humo de ese cigarro, eran negros como una espesa niebla, tan oscuros que podías sentir el frío. Ya nada volvería a ser como antes.

Todos volvíamos pronto a casa, ya no había libertad de movimiento, ya sólo pude ir a casa para hacer las maletas. En dos horas Samhar me esperaba en la puerta con el coche. Yo no quería irme, no quería abandonar mi casa, mi habitación con el mapa de Oriente medio pegado en la pared, mi terraza donde desayunaba, mis libros, mis seis meses en ese piso apenas estrenado, no quería pensar que ya nunca más volvería, era demasiado difícil hacerse a la idea. Me llamaba al móvil constantemente “¿Por qué tardas tanto? Baja ya que se hace tarde.” Mohannad me ayudó a bajar las maletas y yo corriendo hacia el coche me caí y Samhar tuvo que salir del coche para ayudarme… era insoportable el sentimiento de culpabilidad, absolutamente insoportable. Me obligaba a no llorar, a mantenerme fuerte delante de ellos que se quedaban. “Lloras en el avión pero no ahora”, pensaba, mientras venían familiares a despedirse de mi en casa de Samhar, vino Basel y su familia, vino Hala y me regaló el libro con la dedicatoria “Volveremos a vernos en Homs, inshallah”. Lloras en el avión.

Samhar también me llevó al aeropuerto, él y su hija me llevaron a Damasco, de noche y con una luna partida. Antes de llegar, nos detuvieron para registrar mis maletas, querían ver incluso lo que tenía en mi bolso. Yo sentía un odio infinito, pero la humildad y la delicadeza con la que Samhar les habló me enseñaron una lección inolvidable: delante del peligro sosiego, mucho sosiego. “Sólo la llevamos al aeropuerto y volvemos, podéis ver lo que tenemos en el maletero”. “Laila, tu quédate dentro. Laila, enséñales el pasaporte y lo que llevas en el bolso”. En dos minutos nos dejaron ir.

Fue la última vez que vi a Samhar. En el aeropuerto me esperaban unos amigos de mi padre que también regresaban a España. Samhar me dejó con ellos. Allí se quedó con su hija, me vieron alejarme y yo miré atrás. Allí se quedó con su hija. Allí se quedó.

El humo de sus oscuros pensamientos se materializó y estos tres años ha estado asumiendo desgracias, la muerte de su sobrino, el encarcelamiento de su hijo, la emigración a Egipto, la persecución de los sirios en Egipto, un negocio que no funciona, la decisión de volver a Homs… su corazón no ha podido superarlo. Nos ha dejado su risa ronca, su frente plagada de arrugas, su mirada seria… nos ha dejado el peso que llevaba a cuestas para que lo repartamos. Ahora estará regañando a Adnan como me regañaba a mi, le regañará por salir aquella noche a manifestarse, le dirá que dejó a su madre rota, pero luego, cuando haya terminado, volverá a reir con esa risa ronca y quemada por el tabaco, se encenderá su cigarro y nos observará desde ahí arriba, maldiciendo al “kalb” que le rompió el corazón.

Que nos lo rompió a todos.

04 septiembre 2013

Exiliados sirios en Ammán: reacios a la intervención

Un exiliado sirio contempla las noticias en pleno centro de Ammán. (L.M.)

La necesidad estrecha las diferencias que no permite la violencia sobre el terreno 

“¿Quién recibirá dinero por este derramamiento de sangre?” exclama un jordano mientras mira las noticias sobre la posible intervención. Un asentimiento parece recorrer la mirada de todos los presentes en una cafetería de Ammán. “Cambia de canal, Al yazeera kazeb (Al Jazeera miente). No van a atacar porque tienen miedo de Bashar”, protesta un refugiado sirio.

Después de dos años y medio de violencia, los refugiados sirios en Jordania como Abu Suleiman desearían que todo volviera a ser como antes. “Yo vivía muy bien en Damasco. Tenía mi negocio y vivía cómodamente, una vida tranquila con mi mujer y mis hijos. Una bomba destruyó el trabajo de toda una vida. Por culpa de los salafíes he tenido que abandonar mi país”, se lamenta con su gorra negra y las manos manchadas de barniz.

Abu Suleiman trabaja en un hotel de la capital jordana para poder mantener a los suyos. Aunque rechace a los grupos rebeldes –formados por una variopinta amalgama de civiles, ex miembros del ejército sirio y grupos islamistas ajenos a los objetivos revolucionarios-, no parece defender al régimen. “También aquí hay mujabarat -los servicios de inteligencia- que controla los movimientos de los sirios. No hay libertad en ningún país del mundo árabe” reconoce en susurros.

Esperando el visado

Ammán es el punto de encuentro de refugiados. Palestinos e iraquíes llegaron aquí en las últimas décadas tras dejar atrás familiares, casas, amigos. Ahora aterrizan en territorio hachemí sirios y egipcios para trabajar en hoteles y restaurantes de la capital, dispuestos a cobrar la mitad del salario de un jordano medio con tal de sobrevivir a un exilio indefinido.

Ninguno de los sirios preguntados apoya el ataque de Estados Unidos. En el ático de un hotel, con el trasfondo del imponente anfiteatro romano, una familia de sirios procedentes de Hasaka – una ciudad al noroeste de Siria- fuman narguile esperando una llamada que no llega.

“Tenemos familia en Estocolmo y llevamos dos semanas esperando la visa” reconoce Mariam, mientras mira cómo su hija recoge calcetines que cuelgan junto a una maraña de sábanas y toallas. Ayer mismo los medios se hacían eco de que Suecia otorgará la residencia permanente a todos los refugiados sirios que hayan pedido asilo en su territorio. Mariam no quiere ni oír hablar de una intervención. “¿Que atacarán esta semana? No lo sabía. Apenas veo las noticias. Sólo quiero salir de aquí”. Guarda silencio, como si la impotencia le oprimiera el pecho.

Sirios a pesar de Siria

La necesidad obliga a que ciudadanos de Alepo, Damasco, Lataquia o Homs tengan que convivir para ganarse el sustento. El trabajo es el lugar de encuentro que difumina los abismos que la violencia sobre el terreno y el miedo –el régimen se promociona como el único protector de las minorías- hacen insalvables entre los ciudadanos sirios.

Abu Suleiman colabora estrechamente con otros sirios en el mismo hotel. “Uno es de Homs, otro de Latakia. Basel tiene a un hermano en la cárcel por haber sido descubierto colaborando con el Ejército Sirio Libre y hace meses que no sabe nada de él. Tenemos nuestras diferencias pero nos respetamos porque todos sufrimos por la situación”, se lamenta.

“A veces bromeamos. Ellos me llaman shabiha –milicias del régimen sirio- y yo les llamo salafíes. En realidad no tomamos partido. Todos queremos nuestra patria y deseamos que todo se solucione. Pero más bombas no solucionarán el conflicto”, sentencia. Todos parecen coincidir en que la intervención, lejos de arreglar las cosas, les mantendrá aún más tiempo alejados de sus hogares.

06 junio 2013

Las trincheras turcas: breve análisis de la narrativa sobre #occupygezi




Las protestas en Turquía -por el violento desalojo de manifestantes congregados el pasado viernes contra la destrucción del parque Gezi- han despertado un intenso debate en las redes sociales. Tanto defensores como detractores de la política de Erdogan han polarizado la narrativa de los hechos hasta límites muy preocupantes.

En el espectro de apreciaciones, los más revolucionarios se han atrevido a denominarlo 'la primavera turca', comparándola con las revueltas árabes que han sacudido la región desde el comienzo del 2011. Los más indignados han tachado a los manifestantes de 'borrachos, seguidores del autoritarismo de Ataturk', además de sugerir que detrás de las protestas había agentes externos interesados en la desestabilización del país.

Hay dos cosas, sin embargo, que no se deberían poner en duda: por un lado la propia legitimidad de Erdogan, ya que el AKP ha ganado las últimas tres elecciones legislativas con una cómoda mayoría, obteniendo la mitad de los votos emitidos en 2011. Además, su fórmula de gobernar es amparada por una amplia mayoría identificada en sus valores y satisfecha con el progreso económico del país. Por otro lado, no es posible negar el hecho de que las protestas son un síntoma de frustración de parte de la sociedad turca, que no se siente representada por un partido que parece insensible a sus demandas.

Un conjunto de circunstancias han inflamado el descontento social, según el texto que ha estado circulando estos días por la web, escrito por el periodista turco Ece Temelkuran. En él defiende que "no se trata de unos cuantos árboles, sino de una acumulación de incidentes"el número desproporcionado de presos políticos, los desequilibrios institucionales por la concentración de poder y la arrogancia del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan.

Muchos son los comentaristas que afirman que las protestas empezaron a extenderse cuando Erdogan hizo su primera declaración pública, en la que tachó a los manifestantes de 'alborotadores' (Çapulcu). Rápidamente, esta expresión ha comenzado a utilizarse como una jerga propia de los indignados turcos. Con el mismo lenguaje sarcástico, un grupo de turcos residentes en varios puntos del país han aportado sus testimonios a este blog.

El jóven turco, Y.E, de 26 años y residente en Erzurum, explica que otra de las principales causas de las movilizaciones, en su opinión, es la poca confianza que muchos turcos depositan en el principal partido de la oposición:
"The protest to protect trees was a symbolic reaction to AKP's despotic decision and headstrong attiude, ironically the situation gets this way thanks to Erdogan ordering police to take out the protesters from the Gezi Park no matter what. The protests are pure representation of the accumulated AKP discomfort which has been growing through last years among seculars who have given up hope of main opposition party(Republician Public Party)'s performance against AKP."
También se muestra crítico con los grupos extremistas que provocan altercados violentos, ya que quieren aprovecharse de la situación. Reconoce además que los disturbios pueden beneficiar a otros actores internacionales:
"I, myself, am not favoring use of tear gas in fact it should be restricted totally or permitted under strict control. However, tear gas and water cannon are used by the democracies of developed countries such as USA(look how police reacted to Occupy Wall Street protesters),France(gay marriage law protests),England to control public riots. This was a peaceful protest at first but thanks to overuse of tear gases(even aimed to injure sometimes) by police, now some extremist,violence-prone groups and foreign intelligencies saw the perfect chance to exploit the already mobilized groups."
La prioridad, en opinión de Y.E., es encontrar a un líder que sea capaz de representar a todo el expectro de la sociedad turca, algo que considera imposible en la actualidad:
"No need to mention that there is a need for a leader who will guarentee the lifestyle of all parts of Turkish society (which Erdogan promised to do so), but it seems like no such leader exist to ensure that for now, thus conservatives,consisting a great part of society, will hardly give up on Erdogan."
La prensa escrita y audiovisual del país apenas ha mencionado lo ocurrido estos días, lo que ha provocado más descontento entre los turcos. El pulso que Erdogan mantiene contra las redes sociales -llegó a decir que Twitter es un "problema para la sociedad"- ilustra el alejamiento de la ciudadanía y alienta dichos canales alternativos de información, que se convierten en la herramienta más utilizada por los jóvenes para saber lo que ocurre de forma instantánea en otras ciudades.

Será la sociedad turca quien tendrá que superar esa polarización que hoy parece protagonizar la escena pública. Es el pluralismo y dinamismo lo que permitirá consolidar la democracia en Turquía. El respaldo absoluto a una sola fuerza política ahondará todavía más en las diferencias, no sólo a nivel discursivo como puede apreciarse en las redes sociales, sino lo más preocupante, entre las propias personas que componen una sociedad tan heterogénea como la turca.

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