Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Periodismo. Mostrar todas las entradas

17 julio 2016

Bombas rusas contra refugiados en la frontera entre Siria y Jordania



Imagen del campo de refugiados de Hadalat Foto: Muhammad Hamed AFP | Vídeo: ISIDRO SERRANO SELVA

Al menos 12 personas han muerto y otras 40 han resultado heridas en un ataque aéreo sobre un campamento de refugiados instalado en la frontera noreste de Jordania con Siria, informa Reuters. Un alto cargo diplomático confirmaba el incidente a esta fuente e indicaba que los ataques habrían sido lanzados por aviones de combate rusos, según las primeras informaciones.
El suceso se ha producido cerca del campamento Hadalat, a sólo 80 kilómetros de la ciudad jordana de Ruwaished. De confirmarse, éste sería uno de los bombardeos más cercanos a la frontera jordana desde el inicio en septiembre pasado de la campaña de bombardeos aéreos del Kremlin en apoyo al Gobierno sirio contra la oposición armada que lucha para derrocarlo. En un vídeo difundido por las redes sociales podían verse imágenes del instante de los bombardeos y de las víctimas, entre ellas varios niños. Diversos medios aseguran también que los civiles víctimas de los ataques eran familiares del grupo opositor Asoud Al-Sharqiya, los Leones del Este, que combate al autodenominado Estado Islámico.

Las incursiones aéreas se producen tres semanas después del ataque suicida del pasado 21 de Junio contra el puesto fronterizo de Rukban, en el noreste de Jordania, que acabó con la vida de siete soldados e hirió a otros 13. El incidente cuya autoría asumió el IS (Estado Islámico por sus siglas en inglés), dramático pero previsible desde hacía meses, tenía lugar cerca del emplazamiento donde miles de refugiados se han instalado a la espera de entrar en el país vecino. Ya en febrero el Rey de Jordania Abdullah II afirmaba en una entrevista para la BBC que en estos campos "existen elementos del IS. Hay presión por parte de la Comunidad Internacional por dejarles entrar pero es un problema de seguridad nacional fundamental para todos nosotros".

Muchas voces dentro del Reino Hachemita se manifestaron los días siguientes en contra de la política de puertas abiertas. El país que acoge, según las propias autoridades, un millón y medio de sirios, declaraba el mismo día su frontera como zona militar cerrada. Una medida de seguridad que al mismo tiempo impedía que los organismos internacionales accedieran al recinto de servicios donde, atrapados en un área desértica y desmilitarizada de la frontera jordana, 85.000 refugiados -según cifras de Naciones Unidas- recibían agua, comida y asistencia sanitaria.

A pesar de la medida, las autoridades jordanas han vuelto a permitir el acceso de agua potable a la población asentada en la zona, según UNICEF. Además, varios heridos del reciente bombardeo han conseguido cruzar para ser atendidos en territorio jordano. Sin embargo, la harina y otros productos de primera necesidad entran con cuentagotas. Las altas temperaturas y el acceso esporádico a los alimentos generan enfermedades de piel, diarrea y malnutrición, según el último comunicado emitido por Médicos Sin Fronteras. El 51 % de la población son niños.


En tierra de nadie

El área que aloja a los refugiados en la frontera jordana es, en palabras del jefe de misión MSF OCA en Jordania, Luis Eguiluz, una especie de terraplén artificial de aproximadamente dos metros de alto construido con fines estratégicos. "No son campamentos porque no existen los servicios mínimos garantizados para que puedan llamarse así", defiende Eguiluz. La falta de electricidad y agua hacen que las condiciones de vida durante estos meses estivales sean un calvario para la población que sobrevive en precarias tiendas de campaña.

Al área desmilitarizada no tienen acceso ni el Ejército ni el personal humanitario. Allí se levantan los dos emplazamientos que alojan en total a más del número de refugiados que hay en el conocido campamento de Zaatari: los llamados campos de Rukban, único acceso posible de civiles a Jordania, y Hadalat. Para Jordania, los puntos calientes por dónde el IS intenta infiltrarse en territorio jordano. Para las principales organizaciones humanitarias el destino principal de toda la ayuda que logran reunir.

"En Hadalat, los refugiados son principalmente de la provincia de Dar'a mientras que en Rukban vienen de Alepo, Homs, Rakka, Deir Alzor y últimamente, Palmira. Huyen de la violencia en general, pero especialmente desde que empezaran los bombardeos aéreos" afirma Eguiluz. Varias organizaciones, entre ellas MSF, defienden la pronta reanudación de las ayudas a estos refugiados y como solución a largo plazo, el correspondiente realojo a terceros países.

Jordania ha quedado descartado dado el alto número de refugiados que alberga y el último atentado suicida. Como declaraba el Rey Abdullah II en la entrevista para la BBC: "Si quieren adoptar el nivel moral más alto en este tema, los llevamos a todos a una base aérea y estaremos más que felices de reubicarlos en su país". De momento, ningún país ha aceptado la oferta.

Artículo publicado en EL MUNDO, que incluye vídeo producido por INSAN MEDIA.

16 agosto 2015

Sobrevivir a los barriles de la muerte

Isidro Serrano Selva

Un equipo de MSF trata de salvar en Jordania a las víctimas de la guerra en Siria desde un hospital que se encuentra a tan sólo cinco kilómetros de la línea de fuego.


Cuando el silbido te taladra los tímpanos ya es demasiado tarde. Suena como un misil pero en realidad es mucho peor porque no están teledirigidos. El barril explosivo, una de las principales causas de muerte en Siria según la ONU, puede arrasar una manzana de edificios en apenas unos segundos. Normalmente caen dos al mismo tiempo. Son baratos de fabricar, pesan alrededor de 180 kilos y están llenos de explosivos y fragmentos de metal. Son transportados por helicópteros y lanzados al azar desde lo más alto posible para no ser atacados y causar el mayor número de víctimas.

"Más del 70% de los heridos que recibimos sufren lesiones y múltiples heridas a causa de las explosiones", afirmaba Renate Sinke en Julio, coordinadora del programa quirúrgico de emergencia de Médicos sin Fronteras (MSF) en Ramtha. Hasta este hospital jordano son evacuados los heridos de gravedad de la provincia siria de Deraa y hasta allí se trasladó EL MUNDO, situado a tan sólo cinco kilómetros de la frontera siria, en el norte del Reino Hachemita.

En las dos salas de operaciones del hospital, decenas de médicos desafían a la muerte desde su apertura en Septiembre del 2013. Allí no hay espacio para el odio, nadie sabe quiénes son los pacientes o qué hacían: lo único que importa es devanar el fino hilo que los separa del más allá. Algunos se quedan en la ambulancia o en el quirófano, pero muchos otros, milagrosamente, salvan la vida para volver al horror. "No podemos obligarles a quedarse en Jordania. Algunos fueron trasladados inconscientes y se despiertan aquí. Por eso alrededor de la mitad de los pacientes que sobreviven deciden volver a Siria", explica la doctora jordana Mayed AlAduan, que lleva medio año trabajando para MSF.

Volver al horror

Allí conocimos a Yunes, de 22 años. Las huellas de metralla en su cara dicen todo lo que no le permite su voz. Tiene la mitad del rostro cosido como un muñeco de trapo y tan sólo se asoma uno de sus ojos color miel. Apenas escucha con claridad las preguntas. Tiene las manos vendadas y el resto de su maltratado cuerpo oculto bajo la sábana. Catorce es su nuevo número de la suerte: son las veces que ha sido herido desde que comenzó el conflicto en Marzo del 2011. Lleva cuatro días en el hospital y los médicos no descartan volver a verlo tras darle el alta. "Algunos pacientes reaparecen en el hospital meses después de haberlos operado", reconoce una de las doctoras.

"Antes de la guerra, trabajaba en una empresa que vendía material médico en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país. Pero en cuanto empezó todo me volví a Deraa", relata Yunes, el paciente que dice haber sido intervenido 14 veces y que recibió a EL MUNDO tumbado en una de las 40 camas que dispone MSF. Prefiere no decir mucho más. Sólo piensa que, pese a lo sufrido o precisamente para mantener viva la esperanza, la situación mejorará. No duda en declarar que volverá a Siria en cuanto se recupere. "Sé que habrá una decimoquinta vez".

Aisha, de 36 años, no está tan segura del futuro de Siria mientras se permita maniobrar a los aviones y helicópteros. Esta mujer de ojos celestes es madre de seis hijos y apenas lleva 5 días en el hospital. Pide que no se le fotografíe el rosto por miedo a que las autoridades sirias la reconozcan. Asegura que un barril explosivo destrozó sus piernas. No piensa en otra cosa que en regresar. "El más pequeño de mis hijos tiene un año y cada vez que hablo con él por teléfono no hace más que repetir: mamá, mamá. Volveré con mis hijos porque son mis hijos y volveré a Siria porque es mi país", dice con voz muy dulce pero firme.

El hospital de MSF se encuentra alojado en un edificio propiedad del Ministerio de Sanidad jordano. Las salas de operaciones y el equipo médico son compartidos por el personal sanitario de ambas entidades. Pacientes jordanos comparten espacio con víctimas de guerra. La mayoría de los pacientes adultos regresan a sus hogares. No desean permanecer en Jordania mientras sus familiares corren peligro en Siria. En cambio, los niños que fueron evacuados junto a sus progenitores tienen la oportunidad de rehacer sus vidas en Jordania.

Un traslado peligroso

La seguridad de saberse a salvo en territorio jordano no libra a los pacientes del ruido de las bombas. Las oyen caer y explotar a cinco kilómetros de allí. Entonces saben que llegarán más heridos. Se activa el mecanismo de evacuación en el instante en que los médicos locales deciden in situ que las lesiones sufridas son de tal gravedad que no pueden ser tratadas en territorio sirio. Los ataques indiscriminados hacen imposible el equipamiento quirúrgico adecuado.

El tiempo es fundamental pero el camino está plagado de checkpoints. Los coches, conducidos exclusivamente por locales -no hay personal de MSF en Deraa-, deben cruzar las áreas controladas tanto por el Ejército Sirio como por sus oponentes. "Después de tantos años, se ha conseguido un acuerdo de libre circulación de las víctimas más graves" recalca Anais, responsable del departamento de Asuntos Humanitarios de MSF, señalando un mapa del país.

Una vez cruzan la frontera de Tal-Shihab, al suroeste de Siria, son recibidos y tratados inmediatamente por la Defensa Civil Jordana. La gravedad de las heridas apremia y no hay tiempo para identificaciones. Los evacuados entran en Jordania bajo un estatuto especial y deberán registrarse como refugiados una vez se hayan recuperado y deseen permanecer en el país.

Si el cuadro clínico es muy complicado, son trasladados en ambulancia hasta el hospital de MSF en Ramtha. "Los pacientes sufren politraumatismos, siendo muy complicadas de tratar las heridas en cabeza y abdomen", explica la doctora Mayd AlAduan. "Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades", revela. Según MSF, el 15-20% de los pacientes sirios que llegan al hospital son niños.

La resolución que no se cumple

Durante el mes de julio Médicos sin Fronteras ha visto un incremento en el número de pacientes víctimas de los barriles explosivos utilizados en la provincia de Deraa. La principal causa de la elevada cifra de muertos en lo que va de conflicto es debido a los ataques deliberados contra zonas residenciales, incluidos los bombardeos indiscriminados y desproporcionados, según declaraba el pasado 23 de junio Paulo Pinheiro, presidente de la Comisión Internacional Independiente sobre Siria.

Para evitar los embistes que se están cebando con la población civil, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en febrero del 2014 la Resolución 2139 por la que se exigía el cese de los asedios en áreas pobladas, incluido el fin del lanzamiento de barriles de dinamita contra la población civil. Lejos de cumplirse dichas demandas, el lanzamiento de barriles se ha incrementado desde la aprobación de la medida según Human Rights Watch. No existen acciones legales contra los incumplidores porque no se recogieron en dicha Resolución

El riesgo de entrar en Siria por el caos que asola el país hace imposible el trabajo de miembros de organizaciones no gubernamentales que podrían paliar sobre el terreno el sufrimiento humano, así como impide el acceso a periodistas extranjeros que podrían documentar y dar voz a sus víctimas. Ante la incapacidad de la Comunidad Internacional de hacer cumplir su propia resolución, los barriles explosivos seguirán siendo una de las armas más mortíferas en el conflicto sirio.

15 agosto 2015

[Pictures] Taekwondo in Zaatari refugee camp

In Jordan’s largest refugee camp, a Korean NGO has set up a taekwondo academy to help boost Syrian children’s strength and self-esteem. Pictures by Javi Julio.



Check out the full article here.

30 julio 2015

[VIDEO] Taekwondo heals children of Zaatari

Mohamed Al Barakat is a taekwondo teacher at a Zaatari refugee camp where more than half of its 90,000 inhabitants are children.


It was broadcast live on MSNBC.

Watch the full video here.

22 junio 2015

Día Mundial del refugiado: la historia de Al Barakat

Javi Julio / Nervio Foto
Mohamed Al Barakat llegó hace dos años con su mujer y sus cuatros hijos al campamento de Zaatari, en la frontera jordana y a tan sólo 10 kilómetros de su país, Siria. Atrás dejaba un panorama desolador: todo lo que conocía se lo había tragado la guerra. En su nuevo hogar, un habitáculo de chapa, olvidó cómo pronunciar las palabras antes o volver. Para este ex conductor de camiones su presente era el campo y encontró una manera de dar la vuelta a su destino: enseñar taekwondo a una generación de niños marcados por la violencia.


Texto: Laila Muharram y Daniel Rivas Pacheco

Fotos y vídeo: Javi Julio

Para ver el texto completo, pulsa aquí.

22 abril 2015

'Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente'

En una clínica psicológica de Amán, el doctor Shafik Amer intenta sanar los traumas de los niños sirios. Su objetivo es que entierren en la memoria el dolor causado por el régimen.

Javi Julio / Nervio Foto


Para ver el texto completo, pulsa aquí.

Escrito por Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram, con fotos de Javi Julio / Nervio Foto


16 abril 2015

El refugio de la risa

Jóvenes sirios entre 14 y 25 años aprenden ejercicios acrobáticos en el campamento de refugiados de Zaatari. Un intento por recuperar su autoestima.


Javi Julio / Nervio Foto

Para leer el texto pulsa aquí


Escrito por Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram, con fotos de Javi Julio / Nervio Foto


01 marzo 2015

El taekwondo de la resistencia

Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto gestionado por una ONG coreana quiere formar a los líderes del futuro gracias a la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

Javi Julio / Nervio foto


Texto de Laila Muharram Rey y Daniel Rivas Pacheco
Fotografías de Javi Julio / Nervio foto

El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo 10 kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

Visten un kimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en donde están grabados las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de futbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

“Venga, vete ya Bashar”, “mejor morir que vivir arrodillado”. Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia pero los críos aún sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio “el pueblo quiere la caída del régimen”. Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión. Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

Un coreano entre árabes

El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios del 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto


Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean food for the hungry international en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

“Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él”, relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

En la puerta, un profesor regaña a los chicos: “Quitaros las zapatillas”. Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan kimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un kimono impoluto con la palabra Ktigers escrita a la espalda y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dió un giro de 180 grados. “Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato”, cuenta Sejong. “No me arrepiento. Aquí tengo una familia”, reconoce sonriendo.

La filosofía: formar futuros líderes


El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse los petos para protegerse el pecho y los cascos. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: “Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase”, y muestra sonriente sus dientes blancos.

“Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa”, señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. “Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima”, afirma Lee con una sonrisa.

La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. “No comeré si no he querido trabajar”, “trabajo cuatro horas y solo como una ración” son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto interior bruto. “Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima”, afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea refugee project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y leyes para el espíritu deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

Su futuro está en Zaatari

El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado -y con maestros reconocidos- para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.


“Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán”, comenta Jaehun, el coordinador de Korea refugee project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte no solo en el campo de refugiados, sino también a los visitantes que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

“Cuando vuelva a Siria, quiero ser profesor de taekwondo”, comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. “A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela”, comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su kimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. “Hasta mañana Sejong”, le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Publicado en Zazpika, el dominical de Gara, el domingo 01 de Marzo del 2015

04 septiembre 2013

Exiliados sirios en Ammán: reacios a la intervención

Un exiliado sirio contempla las noticias en pleno centro de Ammán. (L.M.)

La necesidad estrecha las diferencias que no permite la violencia sobre el terreno 

“¿Quién recibirá dinero por este derramamiento de sangre?” exclama un jordano mientras mira las noticias sobre la posible intervención. Un asentimiento parece recorrer la mirada de todos los presentes en una cafetería de Ammán. “Cambia de canal, Al yazeera kazeb (Al Jazeera miente). No van a atacar porque tienen miedo de Bashar”, protesta un refugiado sirio.

Después de dos años y medio de violencia, los refugiados sirios en Jordania como Abu Suleiman desearían que todo volviera a ser como antes. “Yo vivía muy bien en Damasco. Tenía mi negocio y vivía cómodamente, una vida tranquila con mi mujer y mis hijos. Una bomba destruyó el trabajo de toda una vida. Por culpa de los salafíes he tenido que abandonar mi país”, se lamenta con su gorra negra y las manos manchadas de barniz.

Abu Suleiman trabaja en un hotel de la capital jordana para poder mantener a los suyos. Aunque rechace a los grupos rebeldes –formados por una variopinta amalgama de civiles, ex miembros del ejército sirio y grupos islamistas ajenos a los objetivos revolucionarios-, no parece defender al régimen. “También aquí hay mujabarat -los servicios de inteligencia- que controla los movimientos de los sirios. No hay libertad en ningún país del mundo árabe” reconoce en susurros.

Esperando el visado

Ammán es el punto de encuentro de refugiados. Palestinos e iraquíes llegaron aquí en las últimas décadas tras dejar atrás familiares, casas, amigos. Ahora aterrizan en territorio hachemí sirios y egipcios para trabajar en hoteles y restaurantes de la capital, dispuestos a cobrar la mitad del salario de un jordano medio con tal de sobrevivir a un exilio indefinido.

Ninguno de los sirios preguntados apoya el ataque de Estados Unidos. En el ático de un hotel, con el trasfondo del imponente anfiteatro romano, una familia de sirios procedentes de Hasaka – una ciudad al noroeste de Siria- fuman narguile esperando una llamada que no llega.

“Tenemos familia en Estocolmo y llevamos dos semanas esperando la visa” reconoce Mariam, mientras mira cómo su hija recoge calcetines que cuelgan junto a una maraña de sábanas y toallas. Ayer mismo los medios se hacían eco de que Suecia otorgará la residencia permanente a todos los refugiados sirios que hayan pedido asilo en su territorio. Mariam no quiere ni oír hablar de una intervención. “¿Que atacarán esta semana? No lo sabía. Apenas veo las noticias. Sólo quiero salir de aquí”. Guarda silencio, como si la impotencia le oprimiera el pecho.

Sirios a pesar de Siria

La necesidad obliga a que ciudadanos de Alepo, Damasco, Lataquia o Homs tengan que convivir para ganarse el sustento. El trabajo es el lugar de encuentro que difumina los abismos que la violencia sobre el terreno y el miedo –el régimen se promociona como el único protector de las minorías- hacen insalvables entre los ciudadanos sirios.

Abu Suleiman colabora estrechamente con otros sirios en el mismo hotel. “Uno es de Homs, otro de Latakia. Basel tiene a un hermano en la cárcel por haber sido descubierto colaborando con el Ejército Sirio Libre y hace meses que no sabe nada de él. Tenemos nuestras diferencias pero nos respetamos porque todos sufrimos por la situación”, se lamenta.

“A veces bromeamos. Ellos me llaman shabiha –milicias del régimen sirio- y yo les llamo salafíes. En realidad no tomamos partido. Todos queremos nuestra patria y deseamos que todo se solucione. Pero más bombas no solucionarán el conflicto”, sentencia. Todos parecen coincidir en que la intervención, lejos de arreglar las cosas, les mantendrá aún más tiempo alejados de sus hogares.

25 diciembre 2012

Equivocarse en la esperanza

[Intervención en la charla "La tragedia siria: situación actual y desastre humanitario"]


Como dice el cartel, soy periodista hispano-siria. Como periodista siento gran admiración y respeto por personas como Diego Represa, Antonio Pampliega y tantos otros que arriesgan sus vidas cruzando la frontera para contarnos lo que ocurre en Siria. Son nuestros ojos y la voz de los que no la tienen, son como una prolongación de nuestros sentidos.

Preparando la charla y pensando en el periodismo de guerra, he recordado un libro que he leído recientemente. Se titula "Donde la tierra arde" y narra los últimos días de María Grazia Cutuli, una periodista italiana que muere en Afganistán junto al corresponsal español de El Mundo, Julio Fuentes, en noviembre del 2001. El libro comienza con las palabras del obituario que le dedicó Arturo Pérez-Reverte a su compañero. En una parte escribía que para reporteros como él "[La guerra era] un extraño hogar con reglas precisas, simples, donde el malo es quien te dispara y el bueno es aquél cuya sangre te salpica, y el resto son milongas."

La semana pasada Antonio Pampliega nos contaba que, desde el frente donde ha cubierto la batalla de Alepo, la del Ejército Sirio Libre, apenas había visto combatientes o soldados muertos y que las víctimas son mayoritariamente civiles. Es lo que también nos acaba de contar Diego Represa. "Esa sangre que salpica" quedaba bien reflejada en el vídeo que grabó Antonio donde un reguero rojo salía del hospital Al Shifa tiñendo las calles de Alepo.

Ellos nos han contado su testimonio y yo vengo a contar el mío, mi testimonio como siria más que como periodista. Os hablaré de las campañas de Ayuda Humanitaria que lleva a cabo la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio y os contaré la historia de alguien que ya no tiene voz.

A muchos residentes sirios en España la revolución les sorprendió estudiando, trabajando, pensando quizá en pasar las vacaciones de verano en Siria. A mí la revolución me sorprendió allí, llevaba cinco meses estudiando árabe en Homs, allí tenía y tengo a la familia y tenemos o teníamos una casa. Convivía con una compañera de piso de Hama y solía ir a la universidad Al Baath a clases de árabe tras haber terminado mi carrera en Madrid.

Cuando en enero cae el régimen de Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto, yo observo la reacción de mi entorno, preguntándome cual será la respuesta de los sirios a la "primavera árabe". La tensión empezaba a ser latente y las reacciones eran diversas. Los jóvenes se atrevían a manifestar cierta esperanza de que Bashar acelerara las reformas que llevaba prometiendo desde hace años, pero no se atrevían a desear un cambio de régimen. Los más mayores incluso deseaban que permaneciera el statu quo, querían pasar el resto de la vejez tranquilos. 

Pero la mecha prende en Deraa, con las pintadas de unos niños en las paredes de su colegio y se expande como la pólvora por las demás regiones. A Homs llega el 18 de abril. El entierro de varios manifestantes asesinados el día anterior en localidades que rodean la ciudad se convierte en una marcha de protesta desde la mezquita donde se celebra el rito fúnebre hasta el cementerio. Tras enterrarlos se reúnen en la plaza del reloj nuevo, el Tahrir de los homsis, y se establecen allí con la idea de acampar. Hombres y mujeres, mayores y jóvenes, corean "El pueblo quiere la caída del régimen"  y "somos pacíficos". Al anochecer, la tragedia. Las fuerzas de seguridad los dispersan a balazos. Algunos son heridos y son trasladados en volandas al hospital. Varios mueren. Aún se desconoce cuántos.



Yo no estuve allí, pero escuché los disparos. No se detuvieron en toda la noche, junto a estremezodores Alahu Akbar gritados por megáfonos que procedían de la plaza y cuyo eco retumbaba por las calles de la ciudad. Varios de los jóvenes que huyeron tras la violenta interrupción llegaron al barrio y comenzaron a gritar. "No durmáis, nos están matando en la plaza". También los gritos eran de rabia: "Zanga, zanga, dar, dar, bedak rasak ia Bashar (Las dos primeras palabras las pronunció Gadafi en su discurso para amedrentar a los libios, las siguientes significan "queremos tu cabeza Bashar") o también "Bashar, traidor, lleva tus soldados al Golán".

Al día siguiente, abandoné mi casa. Ya no era segura. Mis primos, con edades comprendidas entre los 20 y los 30, se reunieron en la casa donde pasé los últimos días en Siria. Uno de ellos, Adnan, no sólo había presenciado todo... también lo había grabado: el entierro, el recorrido hasta el cementerio, la concentración, los gritos, los disparos, la muerte. Yo no me atrevía a proponerlo, pero al final surgió espontáneamente. "Adnan, pásale a Laila los vídeos, para que los distribuya en España". Él me miró y afirmó con la cabeza. Nunca olvidaré aquel gesto. Cuando el USB acabó en mis manos, sentía que tenía algo muy valioso. Lo escondí bien mientras me dirigía al aeropuerto.

Cuando aterricé en España, intenté difundir la matanza. Pero el miedo a las represalias contra mi familia en Siria pesaba más. Las concentraciones frente a la embajada eran peligrosas. Sabíamos que miembros de la embajada nos hacían fotos que luego enviaban a la mujabarat (inteligencia siria). Incluso varios de nosotros fuimos amenazados. Pero el 1 de agosto de aquel año, perdí el miedo. Mi padre me llamó para informarme de que habían asesinado a Adnan. Un francotirador acabó con su vida en el acto. Minutos antes sostenía un cartel frente a una decena de fuerzas de seguridad en la calle del Estadio. Lo mataron porque no supieron cómo defenderse frente a un joven que pedía un cambio en la calle, desarmado y a pecho descubierto: eso era un acto revolucionario contra el que no supieron combatir excepto con la violencia.

Fue un punto de inflexión. Me uní a la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio. Participé en charlas, entrevistas, organizamos campañas de ayuda humanitaria.. y también, escribí artículos donde edité sus vídeos. Tenía que difundir las imágenes por las que dio su vida.

Después de dos años de revolución, de masacres y penurias, de violencia y desesperación, intento mantener vivos los ideales por los que tantas vidas se han perdido. Hay una frase de un libro que acabo de leer, "Los desorientados", de Amin Maalouf, que me ha gustado: "Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación". Es el lema de los sirios.

Porque dejarse llevar por las circunstancias es lo fácil. Fácil para algunos decir que hay una guerra civil en Siria, haciendo un análisis superfluo de los acontecimientos. Fácil decir que es un conflicto sectario-religioso. Fácil criticar los errores de los rebeldes, magnificarlos y despreciar los cientos de civiles que mueren a diario. Fácil dejarse llevar por el odio, cuando han asesinado a toda tu familia y sientes frío y hambre en un campo de refugiados. Es legítimo, pero fácil.

Es fácil agarrarse a un clavo ardiendo en la desesperación. Fácil dejarse llevar por la ideología que nos interesa, ponerse una venda en los ojos y defender a un tirano. Fácil defender el laicismo desde fuera, fácil decir que los verdaderos héroes son los que defienden la democracia exportada de Occidente mientras miran impasibles cómo mueren bombardeados desde aviones MIG 23 o con misiles Scud.

Lo difícil es seguir manteniendo los principios que inspiraron esta revolución. Difícil mantener vivos a Adnan, a Giath Matar, a Basel Shehade... Difícil explicar por qué empezó y cómo terminará esta revolución que está rodeada de intereses geoestratégicos y de países que quieren abortarla, difícil convencer a ciertos sectores de la oposición que alimentar el odio no es la solución, difícil no rendirse. Difícil mantener la esperanza de que los sirios puedan reconstruir el país que deja en ruinas Bashar Al Asad.

Pero prefiero equivocarme en la esperanza, que acertar en la desesperación.

22 septiembre 2012

La carta de recomendación del aspirante 57

'El pueblo' con Ghalia Sarakbi. |  Jaber AlAzmeh

Hola. Soy la carta de recomendación del aspirante 57. Como sé que las posibilidades de que usted lea mi currículum son relativamente escasas, he decidido ser original en un arrebato de sinceridad. Quiero confesarle cosas que nunca encontrará en mis referencias.


Me licencié en periodismo porque nunca he querido ser otra cosa. Me gusta dedicarme a las cosas que me apasionan. Muchas personas me aconsejan que sea práctica, que me olvide de mis inalcanzables ideales, que busque un puesto de oficina, con horario fijo y un sueldo que cubra todas mis necesidades. Pero no. He asumido el riesgo.

Nacer utópica no me ha impedido descubrir la vida real. No. Aunque nunca he pasado hambre y siempre he tenido una casa a donde regresar, sé que la necesidad es violenta. Eso  mismo le dijo que pasaría el valeroso Héctor a su mujer Andrómaca  si no vencían a los aqueos:

"Muchas contrariedades padeciendo, pues sobre ti se ha de cernir entonces, violenta y dura, la necesidad".
La necesidad es violenta. Yo misma soy el resultado de necesidades cubiertas. Mis padres se conocieron mediante el instinto de la necesidad, porque no había un sitio para ellos en la tierra que los había visto nacer y crecer. Mi sangre tiene un aroma a tierras lejanas, a jazmín y aceitunas. Y quizá yo he sido muy egoísta tomando el relevo de sus destinos paralelos, sabiendo que soy el producto de sus esfuerzos personales, sus sacrificios necesarios y sus merecidas recompensas. Sí, soy cabezota. Me empeño en escribir. Sobre todo después de que las heridas de mis orígenes mataran a tantos inocentes y tantos periodistas. Escribir es mi forma de mantenerlos vivos.

Ahora debo sacrificar todo lo que tengo para caber en lo que soy. Ser la voz de los que no la tienen y dejarse la piel. Probablemente no sea la mejor preparada, que hay otros que escriben mejor, otros que tengan más experiencia, pero le pido algo: escoja a quien esté dispuesto a irse al fin del mundo para contar una historia. Invierta en eso, antes de que muera este periodismo renqueante, podrá decir que hizo lo que pudo por salvarlo.

Hoy terminan mis prácticas en un periódico que me ha enseñado mucho: que las noticias hay que salir a buscarlas, que un titular puede destruir una buena historia, que el periodista se hace a base de crónicas diarias, que hay silencios que matan y ruidos que adormecen, que la violencia vende, que el mundo está lleno de injusticias, tantas que uno piensa que no merece la pena seguir contándolas hasta que descubre los pequeños milagros: una superviviente, un testigo, una víctima, un héroe o una heroína. Hay personas genuinas que son la excepción en el mar de las maldades y el santo grial que nos inspira. Personas que llevan a sus espaldas nuestras entradillas. Personas que deben ser inmortalizadas en los libros de historia.

Y eso que contar la historia a través de sus historias es una osadía. ¡Qué atrevimiento por mi parte! Yo tan poquita cosa y aspirando a tanto. Pero, ¿qué sería del mundo si no hubiera personas volcadas en lo que hacen? Lo único que pido es una cama en la que pueda caer exhausta tras pasarme todo el día escribiendo algo que importe. Eso es vivir. Sufrir, pasar calamidades, todo sea para salvar al periodismo y con él, las voces que no llegan. Admiro a la gente que hizo la maleta y partió para contar historias, yo quiero ser una de esas personas afortunadas.

Mientras usted tira esta carta, yo voy a seguir escribiendo. Ya sabe, es lo que tiene nacer utópica, sigo creyendo en los milagros. Pero no se olvide: contribuya en el salvavidas del periodismo. Con eso es suficiente.

25 mayo 2012

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe


Hace un año me presenté por primera vez al examen de acceso del Máster de la Escuela Diplomática. Estaba estudiando árabe en Homs y viajé a Damasco para realizar la prueba en la embajada española. Este texto lo escribí de vuelta a la 'capital de la revolución', con los sentimientos todavía a flor de piel, sabiendo que no aprobaría. Cuelgo este texto un año después, tras conocer que seré alumna del Máster 2012-2013.

Montañas rocosas a las afueras de Damasco. | Laila Muharram
Homs, 12 de abril del 2011. Volver de Damasco. Casi suena como una canción. Volver. Una palabra que me taladra la cabeza mientras miro por la ventana la cordillera rocosa de las afueras de Damasco. Acabo de hacer un examen en la embajada española para aspirar a entrar en el Master de Relaciones Internacionales de la Escuela Diplomática el año que viene en Madrid. Me dieron para desarrollar dos temas, uno a elegir entre el cambio climático o la inmigración en España, temas que no me había preparado y una vez escritos aquí, parecen muy obvios.

Tendría que haber hablado sobre el cambio climático. O sobre la inmigración. Esos son temas importantes, pero he sido incapaz. Me hubiera gustado hablar de lo que no se habla en los medios de comunicación, de lo que para los medios de comunicación no es importante: que el país en el que vivo está inmerso en una de sus mayores crisis internas. Las protestas en Siria dejan un reguero de sangre cada viernes, cada sábado y ahora también entre semana. Cada uno se echa la culpa al otro, la cadena siria emite los entierros de las fuerzas de seguridad asesinadas cuando intentaban reprimir las revueltas, pero se olvida de los manifestantes muertos en Deera, Menias, Duma y Homs que sólo reclamaban reformas políticas como se olvidó de los miles de muertos que dejó la matanza de Hama en 1982. Se olvida de todas las personas que pasaron media vida en la cárcel sólo por haberse reunido para dialogar, se olvida de todos los jóvenes que debieron emigrar para aspirar a una vida mejor por la tasa elevada de desempleo, se olvida de las torturas, de las detenciones aleatorias y del miedo con el que vive la gran mayoría del pueblo sirio desde hace décadas.

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, habría desechado las estadísticas, los porcentajes y análisis demográficos. Si me hubiesen dejado escribir sobre mi pueblo, hubiera dicho que ha recuperado la dignidad que le arrebataron hace décadas los déspotas que se presentaban como sus salvadores. Si me hubiesen dejado escribir sobre mi pueblo, no hubiera llenado páginas y páginas sobre las probabilidades de que haya una fitna o guerra de sectas, sino que habría hablado de las jóvenes que se pasean por la universidad, a veces tres cogidas del brazo: una sin velo, otra con él y otra, cubriéndose entera excepto sus dos profundos ojos negros.

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, habría rescatado la fe inquebrantable de sus corazones y no el fundamentalismo religioso con que los etiquetamos. Habría intentado explicar la serena paz con la que estudia mi compañera de piso después de sus oraciones matutinas y la rabia y la pasión con la que mira los debates de la BBC árabe sobre su país. Hubiera explicado que la sociedad siria es tan polifacética que es imposible describirla. Tan heterogénea que ha degenerado bajo una sola ideología política que aplasta los sueños de los más jóvenes.

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, hubiera dejado al descubierto lo único que todo el mundo sabe y nadie quiere recordar: que son seres humanos con sus ilusiones y sus derrotas, son personas de carne y hueso cuya esperanza va cobrando fuerza a medida que los más valientes gritan en las calles lo que sus corazones callan.

Si me hubiesen dejado escribir sobre los acontecimientos en Túnez o en Egipto, no hubiese dejado de recordar al joven tunecino que prefirió prenderse fuego en vez de vivir humillado y en la pobreza, Mohamed Bouazizi o a Said Jaled, aquel joven de Alejandría al que sacaron de un cibercafé las fuerzas de seguridad para matarlo a golpes. No hubiese olvidado mencionar a los cariotas de la plaza Tahrir que se enfrentaron con piedras a los sicarios de Mubarak ni los abrazos del pueblo tunecino con los miembros del ejército tras la huída de Ben Alí. Hubiera recordado el miedo de los blogeros escribiendo sus comentarios sabiendo que podrían ser detenidos y torturados y no hubiese dejado pasar aquella frase del difunto poeta tunecino Abul Kasem al Shabi: Si algún día el pueblo quiere la vida, tendrá que responder el destino, convertido en lema de los manifestantes.

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, hubiera dibujado el humo del cigarrillo que se escapa de la boca de mi primo mientras piensa preocupado en los últimos acontecimientos en Siria y en sus hijos. Hubiera enumerado las veces que veo fotos del presidente Bashar en las calles, más numerosas que nunca para aparentar normalidad aunque en la práctica son la señal de que hay algo por lo qué preocuparse para colocarlas en todas partes. También me hubiera gustado escribir lo que no puedo expresar cada día: la rabia que provoca la impunidad, la impotencia de cada viernes cuando se oyen gritos y sirenas de policía y nadie puede decirte de donde proceden o a donde van. La incertidumbre de las cifras: nadie conoce la cifra real de muertos y heridos porque los manifestantes evitan acudir al hospital por si las fuerzas de seguridad los detienen.

Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, hubiera comparado la respuesta de los jóvenes árabes con la de los europeos, que salen al mercado laboral sin esperanza de encontrar trabajo y hubiera escrito en mayúsculas la palabra "indignaos" para que nuestros políticos dejaran de jugar al perro y al gato. Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, diría que no he conocido ni conoceré una generación tan prometedora de jóvenes nobles y libres, porque tienen muy poco y aspiran a mucho. Si me hubiesen dejado escribir sobre el pueblo árabe, hablaría de la generosidad con la que mi familia me recibe en su casa cada jueves, cuando otro viernes de la ira me empuja a refugiarme en el sitio más seguro. Si me hubiesen dejado hablar sobre el pueblo árabe, contaría los innumerables corralitos que forman los jóvenes en las calles estos días para romper un silencio que parecía eterno.

Pero no me dejaron y por tanto, vuelvo de Damasco triste y vacía, mirando por el cristal esa tierra, esta tierra tan querida y por la que tanto he suspirado desde que la conocí. Ahora un posible destierro se cierne sobre mí porque la situación se vuelve peligrosa para una española como yo. ¿Española? Me pregunto. Pero si soy siria, como ellos. ¿Por qué tengo que dividirme en dos? Además, no quiero irme. ¿Cómo voy a dejar todo esto atrás? Volver. Suena a canción, como el canto de las sirenas. ¿Y qué hago allí? Aquí arriesgo mi vida, allí me espera una larga cola del INEM. ¿Es que no hay un hueco para nosotros, para los puentes? Entre la crisis económica y el pálpito del cambio:

¿cómo resistirse a la sugerente llamada de la revolución?

Última entrada de blog

Anwar al-Bunni, cuatro décadas luchando contra la impunidad en Siria

Tras defender en Damasco a decenas de prisioneros políticos, el abogado sirio se aferra ahora al principio de jurisdicción universal desde ...