17 julio 2016

Bombas rusas contra refugiados en la frontera entre Siria y Jordania



Imagen del campo de refugiados de Hadalat Foto: Muhammad Hamed AFP | Vídeo: ISIDRO SERRANO SELVA

Al menos 12 personas han muerto y otras 40 han resultado heridas en un ataque aéreo sobre un campamento de refugiados instalado en la frontera noreste de Jordania con Siria, informa Reuters. Un alto cargo diplomático confirmaba el incidente a esta fuente e indicaba que los ataques habrían sido lanzados por aviones de combate rusos, según las primeras informaciones.
El suceso se ha producido cerca del campamento Hadalat, a sólo 80 kilómetros de la ciudad jordana de Ruwaished. De confirmarse, éste sería uno de los bombardeos más cercanos a la frontera jordana desde el inicio en septiembre pasado de la campaña de bombardeos aéreos del Kremlin en apoyo al Gobierno sirio contra la oposición armada que lucha para derrocarlo. En un vídeo difundido por las redes sociales podían verse imágenes del instante de los bombardeos y de las víctimas, entre ellas varios niños. Diversos medios aseguran también que los civiles víctimas de los ataques eran familiares del grupo opositor Asoud Al-Sharqiya, los Leones del Este, que combate al autodenominado Estado Islámico.

Las incursiones aéreas se producen tres semanas después del ataque suicida del pasado 21 de Junio contra el puesto fronterizo de Rukban, en el noreste de Jordania, que acabó con la vida de siete soldados e hirió a otros 13. El incidente cuya autoría asumió el IS (Estado Islámico por sus siglas en inglés), dramático pero previsible desde hacía meses, tenía lugar cerca del emplazamiento donde miles de refugiados se han instalado a la espera de entrar en el país vecino. Ya en febrero el Rey de Jordania Abdullah II afirmaba en una entrevista para la BBC que en estos campos "existen elementos del IS. Hay presión por parte de la Comunidad Internacional por dejarles entrar pero es un problema de seguridad nacional fundamental para todos nosotros".

Muchas voces dentro del Reino Hachemita se manifestaron los días siguientes en contra de la política de puertas abiertas. El país que acoge, según las propias autoridades, un millón y medio de sirios, declaraba el mismo día su frontera como zona militar cerrada. Una medida de seguridad que al mismo tiempo impedía que los organismos internacionales accedieran al recinto de servicios donde, atrapados en un área desértica y desmilitarizada de la frontera jordana, 85.000 refugiados -según cifras de Naciones Unidas- recibían agua, comida y asistencia sanitaria.

A pesar de la medida, las autoridades jordanas han vuelto a permitir el acceso de agua potable a la población asentada en la zona, según UNICEF. Además, varios heridos del reciente bombardeo han conseguido cruzar para ser atendidos en territorio jordano. Sin embargo, la harina y otros productos de primera necesidad entran con cuentagotas. Las altas temperaturas y el acceso esporádico a los alimentos generan enfermedades de piel, diarrea y malnutrición, según el último comunicado emitido por Médicos Sin Fronteras. El 51 % de la población son niños.


En tierra de nadie

El área que aloja a los refugiados en la frontera jordana es, en palabras del jefe de misión MSF OCA en Jordania, Luis Eguiluz, una especie de terraplén artificial de aproximadamente dos metros de alto construido con fines estratégicos. "No son campamentos porque no existen los servicios mínimos garantizados para que puedan llamarse así", defiende Eguiluz. La falta de electricidad y agua hacen que las condiciones de vida durante estos meses estivales sean un calvario para la población que sobrevive en precarias tiendas de campaña.

Al área desmilitarizada no tienen acceso ni el Ejército ni el personal humanitario. Allí se levantan los dos emplazamientos que alojan en total a más del número de refugiados que hay en el conocido campamento de Zaatari: los llamados campos de Rukban, único acceso posible de civiles a Jordania, y Hadalat. Para Jordania, los puntos calientes por dónde el IS intenta infiltrarse en territorio jordano. Para las principales organizaciones humanitarias el destino principal de toda la ayuda que logran reunir.

"En Hadalat, los refugiados son principalmente de la provincia de Dar'a mientras que en Rukban vienen de Alepo, Homs, Rakka, Deir Alzor y últimamente, Palmira. Huyen de la violencia en general, pero especialmente desde que empezaran los bombardeos aéreos" afirma Eguiluz. Varias organizaciones, entre ellas MSF, defienden la pronta reanudación de las ayudas a estos refugiados y como solución a largo plazo, el correspondiente realojo a terceros países.

Jordania ha quedado descartado dado el alto número de refugiados que alberga y el último atentado suicida. Como declaraba el Rey Abdullah II en la entrevista para la BBC: "Si quieren adoptar el nivel moral más alto en este tema, los llevamos a todos a una base aérea y estaremos más que felices de reubicarlos en su país". De momento, ningún país ha aceptado la oferta.

Artículo publicado en EL MUNDO, que incluye vídeo producido por INSAN MEDIA.

16 agosto 2015

Sobrevivir a los barriles de la muerte

Isidro Serrano Selva

Un equipo de MSF trata de salvar en Jordania a las víctimas de la guerra en Siria desde un hospital que se encuentra a tan sólo cinco kilómetros de la línea de fuego.


Cuando el silbido te taladra los tímpanos ya es demasiado tarde. Suena como un misil pero en realidad es mucho peor porque no están teledirigidos. El barril explosivo, una de las principales causas de muerte en Siria según la ONU, puede arrasar una manzana de edificios en apenas unos segundos. Normalmente caen dos al mismo tiempo. Son baratos de fabricar, pesan alrededor de 180 kilos y están llenos de explosivos y fragmentos de metal. Son transportados por helicópteros y lanzados al azar desde lo más alto posible para no ser atacados y causar el mayor número de víctimas.

"Más del 70% de los heridos que recibimos sufren lesiones y múltiples heridas a causa de las explosiones", afirmaba Renate Sinke en Julio, coordinadora del programa quirúrgico de emergencia de Médicos sin Fronteras (MSF) en Ramtha. Hasta este hospital jordano son evacuados los heridos de gravedad de la provincia siria de Deraa y hasta allí se trasladó EL MUNDO, situado a tan sólo cinco kilómetros de la frontera siria, en el norte del Reino Hachemita.

En las dos salas de operaciones del hospital, decenas de médicos desafían a la muerte desde su apertura en Septiembre del 2013. Allí no hay espacio para el odio, nadie sabe quiénes son los pacientes o qué hacían: lo único que importa es devanar el fino hilo que los separa del más allá. Algunos se quedan en la ambulancia o en el quirófano, pero muchos otros, milagrosamente, salvan la vida para volver al horror. "No podemos obligarles a quedarse en Jordania. Algunos fueron trasladados inconscientes y se despiertan aquí. Por eso alrededor de la mitad de los pacientes que sobreviven deciden volver a Siria", explica la doctora jordana Mayed AlAduan, que lleva medio año trabajando para MSF.

Volver al horror

Allí conocimos a Yunes, de 22 años. Las huellas de metralla en su cara dicen todo lo que no le permite su voz. Tiene la mitad del rostro cosido como un muñeco de trapo y tan sólo se asoma uno de sus ojos color miel. Apenas escucha con claridad las preguntas. Tiene las manos vendadas y el resto de su maltratado cuerpo oculto bajo la sábana. Catorce es su nuevo número de la suerte: son las veces que ha sido herido desde que comenzó el conflicto en Marzo del 2011. Lleva cuatro días en el hospital y los médicos no descartan volver a verlo tras darle el alta. "Algunos pacientes reaparecen en el hospital meses después de haberlos operado", reconoce una de las doctoras.

"Antes de la guerra, trabajaba en una empresa que vendía material médico en Damasco. Soñaba con tener una vida normal, casarme y vivir en paz en mi país. Pero en cuanto empezó todo me volví a Deraa", relata Yunes, el paciente que dice haber sido intervenido 14 veces y que recibió a EL MUNDO tumbado en una de las 40 camas que dispone MSF. Prefiere no decir mucho más. Sólo piensa que, pese a lo sufrido o precisamente para mantener viva la esperanza, la situación mejorará. No duda en declarar que volverá a Siria en cuanto se recupere. "Sé que habrá una decimoquinta vez".

Aisha, de 36 años, no está tan segura del futuro de Siria mientras se permita maniobrar a los aviones y helicópteros. Esta mujer de ojos celestes es madre de seis hijos y apenas lleva 5 días en el hospital. Pide que no se le fotografíe el rosto por miedo a que las autoridades sirias la reconozcan. Asegura que un barril explosivo destrozó sus piernas. No piensa en otra cosa que en regresar. "El más pequeño de mis hijos tiene un año y cada vez que hablo con él por teléfono no hace más que repetir: mamá, mamá. Volveré con mis hijos porque son mis hijos y volveré a Siria porque es mi país", dice con voz muy dulce pero firme.

El hospital de MSF se encuentra alojado en un edificio propiedad del Ministerio de Sanidad jordano. Las salas de operaciones y el equipo médico son compartidos por el personal sanitario de ambas entidades. Pacientes jordanos comparten espacio con víctimas de guerra. La mayoría de los pacientes adultos regresan a sus hogares. No desean permanecer en Jordania mientras sus familiares corren peligro en Siria. En cambio, los niños que fueron evacuados junto a sus progenitores tienen la oportunidad de rehacer sus vidas en Jordania.

Un traslado peligroso

La seguridad de saberse a salvo en territorio jordano no libra a los pacientes del ruido de las bombas. Las oyen caer y explotar a cinco kilómetros de allí. Entonces saben que llegarán más heridos. Se activa el mecanismo de evacuación en el instante en que los médicos locales deciden in situ que las lesiones sufridas son de tal gravedad que no pueden ser tratadas en territorio sirio. Los ataques indiscriminados hacen imposible el equipamiento quirúrgico adecuado.

El tiempo es fundamental pero el camino está plagado de checkpoints. Los coches, conducidos exclusivamente por locales -no hay personal de MSF en Deraa-, deben cruzar las áreas controladas tanto por el Ejército Sirio como por sus oponentes. "Después de tantos años, se ha conseguido un acuerdo de libre circulación de las víctimas más graves" recalca Anais, responsable del departamento de Asuntos Humanitarios de MSF, señalando un mapa del país.

Una vez cruzan la frontera de Tal-Shihab, al suroeste de Siria, son recibidos y tratados inmediatamente por la Defensa Civil Jordana. La gravedad de las heridas apremia y no hay tiempo para identificaciones. Los evacuados entran en Jordania bajo un estatuto especial y deberán registrarse como refugiados una vez se hayan recuperado y deseen permanecer en el país.

Si el cuadro clínico es muy complicado, son trasladados en ambulancia hasta el hospital de MSF en Ramtha. "Los pacientes sufren politraumatismos, siendo muy complicadas de tratar las heridas en cabeza y abdomen", explica la doctora Mayd AlAduan. "Sabemos que son barriles bomba por el tipo de lesiones y las marcas de metralla en el rostro y extremidades", revela. Según MSF, el 15-20% de los pacientes sirios que llegan al hospital son niños.

La resolución que no se cumple

Durante el mes de julio Médicos sin Fronteras ha visto un incremento en el número de pacientes víctimas de los barriles explosivos utilizados en la provincia de Deraa. La principal causa de la elevada cifra de muertos en lo que va de conflicto es debido a los ataques deliberados contra zonas residenciales, incluidos los bombardeos indiscriminados y desproporcionados, según declaraba el pasado 23 de junio Paulo Pinheiro, presidente de la Comisión Internacional Independiente sobre Siria.

Para evitar los embistes que se están cebando con la población civil, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas aprobó en febrero del 2014 la Resolución 2139 por la que se exigía el cese de los asedios en áreas pobladas, incluido el fin del lanzamiento de barriles de dinamita contra la población civil. Lejos de cumplirse dichas demandas, el lanzamiento de barriles se ha incrementado desde la aprobación de la medida según Human Rights Watch. No existen acciones legales contra los incumplidores porque no se recogieron en dicha Resolución

El riesgo de entrar en Siria por el caos que asola el país hace imposible el trabajo de miembros de organizaciones no gubernamentales que podrían paliar sobre el terreno el sufrimiento humano, así como impide el acceso a periodistas extranjeros que podrían documentar y dar voz a sus víctimas. Ante la incapacidad de la Comunidad Internacional de hacer cumplir su propia resolución, los barriles explosivos seguirán siendo una de las armas más mortíferas en el conflicto sirio.

15 agosto 2015

[Pictures] Taekwondo in Zaatari refugee camp

In Jordan’s largest refugee camp, a Korean NGO has set up a taekwondo academy to help boost Syrian children’s strength and self-esteem. Pictures by Javi Julio.



Check out the full article here.

30 julio 2015

[VIDEO] Taekwondo heals children of Zaatari

Mohamed Al Barakat is a taekwondo teacher at a Zaatari refugee camp where more than half of its 90,000 inhabitants are children.


It was broadcast live on MSNBC.

Watch the full video here.

22 junio 2015

Día Mundial del refugiado: la historia de Al Barakat

Javi Julio / Nervio Foto
Mohamed Al Barakat llegó hace dos años con su mujer y sus cuatros hijos al campamento de Zaatari, en la frontera jordana y a tan sólo 10 kilómetros de su país, Siria. Atrás dejaba un panorama desolador: todo lo que conocía se lo había tragado la guerra. En su nuevo hogar, un habitáculo de chapa, olvidó cómo pronunciar las palabras antes o volver. Para este ex conductor de camiones su presente era el campo y encontró una manera de dar la vuelta a su destino: enseñar taekwondo a una generación de niños marcados por la violencia.


Texto: Laila Muharram y Daniel Rivas Pacheco

Fotos y vídeo: Javi Julio

Para ver el texto completo, pulsa aquí.

22 abril 2015

'Al Asad odia a los médicos porque ayudamos a la gente'

En una clínica psicológica de Amán, el doctor Shafik Amer intenta sanar los traumas de los niños sirios. Su objetivo es que entierren en la memoria el dolor causado por el régimen.

Javi Julio / Nervio Foto


Para ver el texto completo, pulsa aquí.

Escrito por Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram, con fotos de Javi Julio / Nervio Foto


16 abril 2015

El refugio de la risa

Jóvenes sirios entre 14 y 25 años aprenden ejercicios acrobáticos en el campamento de refugiados de Zaatari. Un intento por recuperar su autoestima.


Javi Julio / Nervio Foto

Para leer el texto pulsa aquí


Escrito por Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram, con fotos de Javi Julio / Nervio Foto


01 marzo 2015

El taekwondo de la resistencia

Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto gestionado por una ONG coreana quiere formar a los líderes del futuro gracias a la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

Javi Julio / Nervio foto


Texto de Laila Muharram Rey y Daniel Rivas Pacheco
Fotografías de Javi Julio / Nervio foto

El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo 10 kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

Visten un kimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en donde están grabados las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de futbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

“Venga, vete ya Bashar”, “mejor morir que vivir arrodillado”. Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia pero los críos aún sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio “el pueblo quiere la caída del régimen”. Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión. Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

Un coreano entre árabes

El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios del 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto


Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean food for the hungry international en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

“Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él”, relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

En la puerta, un profesor regaña a los chicos: “Quitaros las zapatillas”. Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan kimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un kimono impoluto con la palabra Ktigers escrita a la espalda y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dió un giro de 180 grados. “Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato”, cuenta Sejong. “No me arrepiento. Aquí tengo una familia”, reconoce sonriendo.

La filosofía: formar futuros líderes


El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse los petos para protegerse el pecho y los cascos. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: “Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase”, y muestra sonriente sus dientes blancos.

“Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa”, señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. “Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima”, afirma Lee con una sonrisa.

La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. “No comeré si no he querido trabajar”, “trabajo cuatro horas y solo como una ración” son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto interior bruto. “Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima”, afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea refugee project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y leyes para el espíritu deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

Su futuro está en Zaatari

El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado -y con maestros reconocidos- para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.


“Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán”, comenta Jaehun, el coordinador de Korea refugee project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte no solo en el campo de refugiados, sino también a los visitantes que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

“Cuando vuelva a Siria, quiero ser profesor de taekwondo”, comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. “A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela”, comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su kimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. “Hasta mañana Sejong”, le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Publicado en Zazpika, el dominical de Gara, el domingo 01 de Marzo del 2015

11 enero 2015

Sobre Charlie Hebdo, Siria y la libertad


Querido primo,

No he podido olvidar la última vez que nos vimos. Fue en la casa de los conspiradores, cuando esa palabra, mundas, todavía representaba una revolución palpitante, llena de vida, que hoy está sepultada por bloques de hielo. Aquel día te encontré allí, en la casa de Samhar, cuando aún vivía, y sentados en el patio enseñabas los vídeos que habías grabado el día anterior al resto de la familia. Eran mediados de abril y la primavera empezaba a crecer sobre la tierra aunque se acercara para nosostros un largo invierno. Allí estabas tú y los demás, sentados en el patio interior, al aire libre, sin esconderse, enviando aquellas imágenes a los canales por satélite, para que el mundo viera los primeros muertos de la represión del régimen.

No he podido olvidar esas imágenes porque representan todo por lo que después hemos pasado. El 18 de abril del 2011 una gran multitud se congregó en una mezquita de Homs para canalizar la ira causada por el asesinato de dos jóvenes. Tu estabas allí. Desde que los cuerpos sin vida salieron por la puerta hasta que los llevaron al cementerio, mientras pedían a gritos justicia y acabaron en la plaza del Reloj Nuevo. Eran centenares, hombres y mujeres. Hacía calor y los jóvenes se tiraban unos a otros agua, festejando que por fin terminara el miedo, exigiendo por fín una libertad que nunca antes habían experimentado, que ahora reclamaban con el ímpetu de generaciones silenciadas. Era comprensible el júbilo. Tú grabaste sonrisas, palmas, gritos, himnos de que el pueblo permanecería unido, promesas de que las protestas serían pacíficas. En aquel ambiente era fácil creer lo imposible.

Luego llegó la noche, la oscuridad, donde se pueden cometer atrocidades. Donde la impunidad puede arrollar los espíritus más fuertes, como el tuyo. Aunque no estabas dispuesto a entregarte fácilmente. Te quedaste cuando todos te pedimos que no lo hicieras. Te quedaste para grabar el horror, ese del que acabamos acostumbrándonos. Quizá lo hiciste para no acostumbrarte, porque no podías soportar la idea de que la violencia en Siria siempre había sido Ley, y lo seguiría siendo. Te quedaste cuando comenzaron a llover balas, bailando sobre vuestras cabezas, en su juego macabro por quitaros la vida. No querían testigos del deseo de libertad de un pueblo. Y eso implicaba matar a muchos.

Te quedaste y las balas jugaron a incrustarse en las paredes de Homs. Tú grabaste sus huellas, también los agujeros de la metralla en los cuerpos de jóvenes como tú, ensangrentados, que eran transportados por otros hacia un hospital, de esos pocos que eran seguros. Allí te enfrentaste por primera vez con la muerte y ella te vió y no te olvidó. Nunca sabré si sabías que la muerte te andaba buscando y si, en algún instante de los meses que te quedaban de vida, tomaste La Decisión. Esa que cuando uno toma ya no hay vuelta atrás. Esa decisión al que uno siempre se enfrenta al menos una vez en la vida y determina la existencia. Y creo que sí, porque desde entonces grabaste muchas más concentraciones. Te imagino en la cama aquella noche del 19 de abril, intentando dormir, dando vueltas, porque ya sabías que el compromiso tenía un alto precio. Y lo asumiste.

Así, como aquel día, la revolución que ciudadanos como tú empezasteis, se convirtió en tragedia. Durante estos cuatro años, todo lo peor que podría ocurrir, como tu muerte, se hizo realidad. El infierno y la pesadilla se instalaron a vivir entre nosotros. Todas las líneas rojas que se impusieron al régimen fueron violadas, todas las reuniones para instaurar soluciones políticas fueron saboteadas, todas las promesas de ayuda a los civiles incumplidas, todos los actos más macabros que jamás habíamos podido imaginar se cumplieron: los sirios murieron torturados, por armas químicas, de frío, de hambre, de miseria. Cuatro años después, un tiro en la cabeza como el que tú recibiste, parece hasta misericordioso comparado con la deshumanización, la guerra, la sangre fría, el abandono del mundo entero que ignoró nuestras demandas y olvidó nuestro sufrimiento.

Pero yo no te he olvidado. Y ahora, cuando piden, no piden, exigen, que los musulmanes del mundo árabe salgan a la calle en repulsa por el asesinato de los 12 periodistas del Charlie Hebdo -deleznable y repulsivo donde los haya-, y cuando les oigo decir que el Islam tiene un problema con la civilización occidental, y cuando se les llena la boca de una supuesta superioridad moral, yo me acuerdo de ti y me pregunto si alguno, uno sólo, hubiera sido capaz de hacer lo que tú, y muchos como tú, hicisteis en Siria por defender la libertad.

12 diciembre 2013

Feliz cumpleaños


Estas palabras no sirven de consuelo ni de denuncia. Estas palabras no pueden trascender la desazón ni la incertidumbre, el silencio o la impotencia. No pueden ayudar a nadie ni saben cómo hacerlo, quizá por eso han dejado de aparecer en este blog. Proscritas, porque sólo saben hablar de un drama que no cesa y que se va llevando a los seres queridos, uno a uno.

Hace tres años caminaba por esas calles, hace tres años hacía un frío glacial en Homs como hoy hace en Amán. Hace tres años, toda mi vida giraba en torno a un nombre y por ese nombre, hace tres años, tomé esas calles, para buscarlo. No lo encontré, pero me dejó un regalo de cumpleaños: una ciudad en blanco y negro que he enmarcado en mis recuerdos y me acompaña cada día; una ciudad que grabé a fuego en mi memoria bajo la lluvia torrencial; Homs meses antes de una revolución que la dejaría así, devastada.

Homs, cuando apenas nadie la situaba en un mapa y por eso la quería más. Homs cuando sólo era el recuerdo de un amor y me servía de excusa para mantener un estado de melancolía ñoño y barato. Homs aquella mañana del 11 de diciembre del 2010 cuando desperté con la lluvia cayendo sobre la terraza de mi casa en Al Qusur y no se me ocurrió otra cosa más absurda que salir a pasear, bajo el agua. Nunca he deseado tanto en mi vida calarme hasta las huesos, hasta que casi enfermo.

Pero... qué espectáculo, qué regalo para la memoria los ríos en el asfalto, el agua repicando en el cristal de los coches, la calle Al Cornish con sus microbuses, la gente aglomerada en la parada de autobus, ahí sigue la foto de Bashar y sus terribles ojos azules, que parece que lo observan todo... y caminar y caminar y llegar hasta el zoco y descubrir que también las especias celebran la lluvia y despiden sus olores, húmedos, se escurren entre los hombres que también han encontrado refugio bajo la bóveda recién renovada... chorreando agua te miran, unos ojos tras la cortina negra, como si llevaran la casa a cuestas y te observasen por un resquicio… ir a ver a Basel y que te reciba con esa sonrisa que te parece un milagro, un milagro que tardó 15 años en ver la luz, como si volviera a nacer, Basel nació dos veces y por eso Basel no puede morir. 

Dejo la tienda de Basel en el zoco refugiada en un paraguas de flores, me da por comprar un paraguas llamativo, de colores, en medio de esa orgía de grises, de agua gris, de caras grises, de edificios grises... y de especias con olores que no puedo describir. Tengo un destino fijado en mente, una dama que se llama Julia y que me espera en Bustan al Diwan, una dama que ese día se ríe por haberme tatuado sus flores, aunque parece que llora mientras la observo grabada en la roca. Chorreando, le hago preguntas silenciosas y no contesta. Le divierte intentar averiguar si lo que resbala por mis mejillas son gotas de lluvia o lágrimas.

Vuelvo a casa, por entonces sin agujeros de bala, vuelvo a casa y me espera cerca de la puerta Hala, la directora de mi escuela de árabe, es la única que me regala una tarjeta de cumpleaños, para que la recuerde. Hala, con esos ojos desgastados por el tiempo, esas arrugas que enmarcan unas pupilas de hierro, Hala, que no confesará hasta el último día que su hermano desapareció en los años 80 y que lleva décadas esperando verlo entrar por la puerta. Hala, que me regaló la última vez que nos vimos un libro de Palestina que leo aquí en Amán, un  libro sobre la historia reciente de un pueblo que lleva un siglo en el exilio, y que le va pasando el turno a los que le rodean. Ahora Siria, ahora a nosotros. Es imposible huir de las desgracias ajenas; por mucho que huyas, te encuentran.

Era la madrugada del 19 de abril, escuché los disparos, los gritos de los jóvenes volviendo de la plaza del Reloj Nuevo, olían a muerte, todo lo nuevo en Homs suena a chiste, todo ha envejecido como si hubieran pasado siglos, ya nadie reconoce las calles, ya no hay tiendas que reconocer, ni casas, nada. Una semana después volvía en ese avión que me ponía a salvo mientras dejaba atrás a los míos. Dejaba atrás la casa de Samhar, mi segundo padre, alguien que me trataba como a su hija, que me quería y me regañaba cuando me ponía a hablar en inglés, las veces que me decía “Si ya entiendes casi todo, tienes que empezar a hablar” y yo le daba la razón. Las veces que me he sentado a su mesa a comer, las veces que he comido kipi en esa cocina, las veces que su mujer me ha preparado Sakrie, el mejor Sakrie que he comido en mi vida. Su casa era mi refugio, mi bunker familiar contra un régimen que nos declaraba la guerra, de la noche a la mañana ya no te sentías seguro en ningún sitio. Allí conocí  a Adnan, donde me enseñó los vídeos de la matanza, donde aprendí lo que significaba “silmie”,“mundas” y “zaura”.

Uno de aquellos días me levanté temprano. Me dirigía a la cocina para desayunar cuando me encontré en el patio a Samhar, de espaldas, mirando a un punto fijo del muro que nos separaba del mundo exterior, sostenía un cigarro en la mano. Era una imagen escalofriante, aquel momento me hizo darme cuenta de su extrema delgadez, sus camisas siempre le quedaban demasiado grandes, siempre comentábamos el contraste con su mujer, hermosa y de mejillas redondas y sonrosadas… recuerdo detenerme y mirarle, sin que se diera cuenta de que estaba siendo testigo de sus pensamientos… que se escapaban por el humo de ese cigarro, eran negros como una espesa niebla, tan oscuros que podías sentir el frío. Ya nada volvería a ser como antes.

Todos volvíamos pronto a casa, ya no había libertad de movimiento, ya sólo pude ir a casa para hacer las maletas. En dos horas Samhar me esperaba en la puerta con el coche. Yo no quería irme, no quería abandonar mi casa, mi habitación con el mapa de Oriente medio pegado en la pared, mi terraza donde desayunaba, mis libros, mis seis meses en ese piso apenas estrenado, no quería pensar que ya nunca más volvería, era demasiado difícil hacerse a la idea. Me llamaba al móvil constantemente “¿Por qué tardas tanto? Baja ya que se hace tarde.” Mohannad me ayudó a bajar las maletas y yo corriendo hacia el coche me caí y Samhar tuvo que salir del coche para ayudarme… era insoportable el sentimiento de culpabilidad, absolutamente insoportable. Me obligaba a no llorar, a mantenerme fuerte delante de ellos que se quedaban. “Lloras en el avión pero no ahora”, pensaba, mientras venían familiares a despedirse de mi en casa de Samhar, vino Basel y su familia, vino Hala y me regaló el libro con la dedicatoria “Volveremos a vernos en Homs, inshallah”. Lloras en el avión.

Samhar también me llevó al aeropuerto, él y su hija me llevaron a Damasco, de noche y con una luna partida. Antes de llegar, nos detuvieron para registrar mis maletas, querían ver incluso lo que tenía en mi bolso. Yo sentía un odio infinito, pero la humildad y la delicadeza con la que Samhar les habló me enseñaron una lección inolvidable: delante del peligro sosiego, mucho sosiego. “Sólo la llevamos al aeropuerto y volvemos, podéis ver lo que tenemos en el maletero”. “Laila, tu quédate dentro. Laila, enséñales el pasaporte y lo que llevas en el bolso”. En dos minutos nos dejaron ir.

Fue la última vez que vi a Samhar. En el aeropuerto me esperaban unos amigos de mi padre que también regresaban a España. Samhar me dejó con ellos. Allí se quedó con su hija, me vieron alejarme y yo miré atrás. Allí se quedó con su hija. Allí se quedó.

El humo de sus oscuros pensamientos se materializó y estos tres años ha estado asumiendo desgracias, la muerte de su sobrino, el encarcelamiento de su hijo, la emigración a Egipto, la persecución de los sirios en Egipto, un negocio que no funciona, la decisión de volver a Homs… su corazón no ha podido superarlo. Nos ha dejado su risa ronca, su frente plagada de arrugas, su mirada seria… nos ha dejado el peso que llevaba a cuestas para que lo repartamos. Ahora estará regañando a Adnan como me regañaba a mi, le regañará por salir aquella noche a manifestarse, le dirá que dejó a su madre rota, pero luego, cuando haya terminado, volverá a reir con esa risa ronca y quemada por el tabaco, se encenderá su cigarro y nos observará desde ahí arriba, maldiciendo al “kalb” que le rompió el corazón.

Que nos lo rompió a todos.

04 septiembre 2013

Exiliados sirios en Ammán: reacios a la intervención

Un exiliado sirio contempla las noticias en pleno centro de Ammán. (L.M.)

La necesidad estrecha las diferencias que no permite la violencia sobre el terreno 

“¿Quién recibirá dinero por este derramamiento de sangre?” exclama un jordano mientras mira las noticias sobre la posible intervención. Un asentimiento parece recorrer la mirada de todos los presentes en una cafetería de Ammán. “Cambia de canal, Al yazeera kazeb (Al Jazeera miente). No van a atacar porque tienen miedo de Bashar”, protesta un refugiado sirio.

Después de dos años y medio de violencia, los refugiados sirios en Jordania como Abu Suleiman desearían que todo volviera a ser como antes. “Yo vivía muy bien en Damasco. Tenía mi negocio y vivía cómodamente, una vida tranquila con mi mujer y mis hijos. Una bomba destruyó el trabajo de toda una vida. Por culpa de los salafíes he tenido que abandonar mi país”, se lamenta con su gorra negra y las manos manchadas de barniz.

Abu Suleiman trabaja en un hotel de la capital jordana para poder mantener a los suyos. Aunque rechace a los grupos rebeldes –formados por una variopinta amalgama de civiles, ex miembros del ejército sirio y grupos islamistas ajenos a los objetivos revolucionarios-, no parece defender al régimen. “También aquí hay mujabarat -los servicios de inteligencia- que controla los movimientos de los sirios. No hay libertad en ningún país del mundo árabe” reconoce en susurros.

Esperando el visado

Ammán es el punto de encuentro de refugiados. Palestinos e iraquíes llegaron aquí en las últimas décadas tras dejar atrás familiares, casas, amigos. Ahora aterrizan en territorio hachemí sirios y egipcios para trabajar en hoteles y restaurantes de la capital, dispuestos a cobrar la mitad del salario de un jordano medio con tal de sobrevivir a un exilio indefinido.

Ninguno de los sirios preguntados apoya el ataque de Estados Unidos. En el ático de un hotel, con el trasfondo del imponente anfiteatro romano, una familia de sirios procedentes de Hasaka – una ciudad al noroeste de Siria- fuman narguile esperando una llamada que no llega.

“Tenemos familia en Estocolmo y llevamos dos semanas esperando la visa” reconoce Mariam, mientras mira cómo su hija recoge calcetines que cuelgan junto a una maraña de sábanas y toallas. Ayer mismo los medios se hacían eco de que Suecia otorgará la residencia permanente a todos los refugiados sirios que hayan pedido asilo en su territorio. Mariam no quiere ni oír hablar de una intervención. “¿Que atacarán esta semana? No lo sabía. Apenas veo las noticias. Sólo quiero salir de aquí”. Guarda silencio, como si la impotencia le oprimiera el pecho.

Sirios a pesar de Siria

La necesidad obliga a que ciudadanos de Alepo, Damasco, Lataquia o Homs tengan que convivir para ganarse el sustento. El trabajo es el lugar de encuentro que difumina los abismos que la violencia sobre el terreno y el miedo –el régimen se promociona como el único protector de las minorías- hacen insalvables entre los ciudadanos sirios.

Abu Suleiman colabora estrechamente con otros sirios en el mismo hotel. “Uno es de Homs, otro de Latakia. Basel tiene a un hermano en la cárcel por haber sido descubierto colaborando con el Ejército Sirio Libre y hace meses que no sabe nada de él. Tenemos nuestras diferencias pero nos respetamos porque todos sufrimos por la situación”, se lamenta.

“A veces bromeamos. Ellos me llaman shabiha –milicias del régimen sirio- y yo les llamo salafíes. En realidad no tomamos partido. Todos queremos nuestra patria y deseamos que todo se solucione. Pero más bombas no solucionarán el conflicto”, sentencia. Todos parecen coincidir en que la intervención, lejos de arreglar las cosas, les mantendrá aún más tiempo alejados de sus hogares.

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