16 abril 2015

El refugio de la risa

Jóvenes sirios entre 14 y 25 años aprenden ejercicios acrobáticos en el campamento de refugiados de Zaatari. Un intento por recuperar su autoestima.


Javi Julio / Nervio Foto

Para leer el texto pulsa aquí


Escrito por Daniel Rivas Pacheco y Laila Muharram, con fotos de Javi Julio / Nervio Foto


01 marzo 2015

El taekwondo de la resistencia

Entre el barro y las chabolas del campo de refugiados de Zaatari, en Jordania, decenas de niños sirios practican taekwondo para canalizar su rabia. El proyecto gestionado por una ONG coreana quiere formar a los líderes del futuro gracias a la disciplina y el respeto. Gracias a este arte marcial, los chicos y las chicas están apaciguando el dolor por la guerra en su país.

Javi Julio / Nervio foto


Texto de Laila Muharram Rey y Daniel Rivas Pacheco
Fotografías de Javi Julio / Nervio foto

El blanco simboliza la inocencia. Abdel Malek, de cinco años, se une al coro de niños que cantan letras revolucionarias mientras son trasladados en pickup de un extremo al otro del campamento de refugiados de Zaatari, en Jordania, a solo 10 kilómetros de la frontera con Siria. La mayoría son de Daraa, una de las ciudades donde la represión contra los manifestantes fue más salvaje. Otros han huido de Deir ez Zor o de Homs.

Visten un kimono blanco que usan cuatro veces a la semana y en donde están grabados las huellas del duro entrenamiento: alguno está descosido, otros, tan arrugados como higos y en la mayoría hay motas de color marrón del barro que lo baña todo. Pero son los cinturones los que más resaltan cuando la furgoneta se detiene frente a un pista de futbol encharcada: por ahí salen niños de blanco con cintas alrededor de las caderas: blanca, amarilla, verde, azul y roja.

“Venga, vete ya Bashar”, “mejor morir que vivir arrodillado”. Los chavales gritan y dan palmas mientras son trasladados por las calles del colosal levantamiento que alberga a unos 80.000 refugiados. Mujeres cargadas con bebés en los brazos o niños que van al colegio los ven pasar: los adultos miran con la cara mustia pero los críos aún sonríen con complicidad. Niños de Daraa empezaron la sublevación social contra el régimen de Bashar al Asad en marzo del 2011. Ellos fueron los que pintaron en el muro de un colegio “el pueblo quiere la caída del régimen”. Ellos prendieron la mecha. Ellos sufrieron la primera represión. Ahora estos niños practican taekwondo en la academia del doctor Lee en Zaatari. Son blancos: inocentes.

Un coreano entre árabes

El amarillo simboliza la semilla. El doctor Lee Chul Soo es el responsable de la escuela, fundada a principios del 2013. Este surcoreano enamorado de Oriente Próximo lleva trabajando en la zona desde hace una década. En 2008 se encontraba en Gaza durante la operación del Ejército Israelí Plomo fundido. Aunque casi todos los extranjeros se marcharon al comienzo del ataque, Lee le dijo por teléfono a su mujer que se quedaría como escudo humano para proteger a los palestinos. Ella decidió que, si iba a perder a su marido, lo haría a su lado. Meses después fueron expulsados de los territorios palestinos y tienen prohibido el acceso a la franja durante 5 años.

Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto
Javi Julio / Nervio foto


Mientras esperaban para regresar, Lee pasó a ser el representante de la asociación Korean food for the hungry international en Jordania y visitó el campo de Zaatari. Al volver a Seúl días después no pudo dormir pensando en los niños que había visto. Por eso, deshizo el camino y apareció otra vez allí: firmó el contrato para comenzar el proyecto de este arte marcial transformado en deporte olímpico en 1988.

“Yo nunca tuve relación con el taekwondo, solo pensé que sería una buena idea inculcar valores a los niños a través de él”, relata Lee mientras les observa bajar de la furgoneta y entrar corriendo en el hangar que sirve de academia. Su proyecto se construye en el límite urbano del campo, al final de la calle comercial que los refugiados bautizaron Campos Elíseos, como si fuese una aspiración. El terreno de los coreanos tiene también un pequeño huerto que los alumnos ayudan a cultivar. Cuando culmine el proyecto, otro hangar alojará una escuela de estudios superiores, una cafetería y unos baños. El agua que caiga de los grifos se utilizará para regar las plantas del invernadero.

En la puerta, un profesor regaña a los chicos: “Quitaros las zapatillas”. Las sandalias grises con ronchas de barro se amontonan sobre el frío suelo de cemento, algunas quedan colgando entre la pared y la viga de metal que sostiene la estructura. La semilla crece con los pies desnudos.

El verde simboliza el renacimiento. Los niños se dividen por colores. A la izquierda, los que están empezando. No llevan kimono, pero algunos ya tienen el cinturón blanco colgando por encima de la ropa. Dos estudiantes con banda roja se colocan en frente y serán sus tutores durante el entrenamiento. A la derecha, los alumnos aventajados, los que han recibido la vestimenta federada del WTF (World Taekwondo Federation) y los cinturones, que representan los grados de conocimiento. Abdel Malek se coloca en primera fila. Tiene un kimono impoluto con la palabra Ktigers escrita a la espalda y aunque viste cinturón blanco, repite de memoria todos los movimientos de los más avanzados. Es uno de los predilectos de los profesores. Y sobre todo de Mohamed, su padre, que trabaja como entrenador.

El maestro Sejong Lee empieza el calentamiento. El profesor surcoreano llegó al campo hace 4 meses. Por esas fechas, planeaba mudarse a Singapur donde le habían ofrecido un puesto de trabajo muy bien remunerado para enseñar este deporte. Con el billete comprado y las maletas preparadas, un día antes de partir conoció en Seúl al doctor Lee y su vida dió un giro de 180 grados. “Me dijo que sería un trabajo voluntario, sin salario, pero que unos niños me necesitaban. Acepté de inmediato”, cuenta Sejong. “No me arrepiento. Aquí tengo una familia”, reconoce sonriendo.

La filosofía: formar futuros líderes


El azul simboliza el cielo. Los alumnos con cinturón rojo realizan saltos imposibles en una demostración de habilidades a los nuevos, que se han sentado en círculo en torno a ellos y miran expectantes. El maestro Sejong y los tutores sirios les ayudan a ponerse los petos para protegerse el pecho y los cascos. Les explican las normas, a veces con algo de rudeza. Mohamed, padre de Abdel Malek, se defiende: “Ellos saben que lo hago con amor, no quiero que ninguno fracase”, y muestra sonriente sus dientes blancos.

“Aunque los veas dar patadas y lanzar puños al aire, les enseñamos este arte marcial para fortalecerlos mental y físicamente, no para pelear. Es un deporte de defensa”, señala el doctor Lee mientras los tutores sirios atan los protectores de pecho a la espalda y colocan los cascos en la cabeza a los niños. “Mi idea es formar a futuros líderes, transformar la violencia que ha ejercido el conflicto en sus infancias, canalizar la rabia en algo positivo. Y ya hay resultados: los niños que llevan dos años son más disciplinados y han recuperado la autoestima”, afirma Lee con una sonrisa.

La influencia de la filosofía del taekwondo es notable en las actividades de los pequeños. “No comeré si no he querido trabajar”, “trabajo cuatro horas y solo como una ración” son lemas que deben memorizar y que inciden especialmente en el rendimiento y la eficacia, algo muy característico de Corea del Sur. Allí la educación es considerada crucial para el éxito y en ella el país invierte casi el 5% de su Producto interior bruto. “Aunque allí la competencia entre los alumnos es muy grande y la presión es durísima”, afirma David Jaehun Choi, el surcoreano que coordina el Korea refugee project, otra asociación involucrada en la escuela de taekwondo. Jaehun ha conseguido que empresas surcoreanas que trabajan en Jordania donen los aparatos tecnológicos, como impresoras, y logísticos, como sillas y mesas, que los voluntarios utilizan diariamente en el campo base, a la entrada de Zaatari.

La cortesía y el autocontrol también están muy presentes durante los ejercicios. A los maestros hay que saludarlos con la reverencia correspondiente, inclinando mucho el cuerpo hacia abajo en señal de respeto. Y las patadas, también llamadas chagui, así como otras técnicas de golpes, bloqueos, posiciones o defensa personal, están enfocadas al autocontrol. Nada de lo aprendido debe ser utilizado para golpear a un compañero. Esta y otras normas están recogidas en Reglamentos y leyes para el espíritu deportivo durante el entrenamiento, un conjunto de 18 puntos que repiten todos los días antes de entrenar.

Su futuro está en Zaatari

El rojo simboliza la pasión y es el color del cinturón que llevan los estudiantes que han alcanzado el dominio de técnicas antes de llegar al negro. Ambos colores forman parte del característico símbolo de las cinco anillas de los Juegos Olímpicos. Un sueño que parece ambicioso y lejano para unos niños que viven en un campamento de refugiados, pero varios responsables del proyecto han empezado a formalizar las actividades deportivas y equipar a los estudiantes con material federado -y con maestros reconocidos- para eliminar cualquier obstáculo que impidiera convertirlo en realidad.


“Aún es pronto para hablar de Juegos Olímpicos. De momento vamos a empezar a competir con jordanos que practican taekwondo en Amán”, comenta Jaehun, el coordinador de Korea refugee project. Los niños que empiezan a abrirse camino hacia la madurez son conscientes de la expectación que genera el deporte no solo en el campo de refugiados, sino también a los visitantes que se quedan impresionados cuando los ven ejercitarse como auténticos profesionales.

“Cuando vuelva a Siria, quiero ser profesor de taekwondo”, comenta uno de los alumnos más aventajados, uno de los que día tras día va a entrenar. Pero hay otros niños menos afortunados que tienen que ayudar a la familia transportando las carretillas hacia el mercado y faltan a las clases entre semana. Y hay otros chavales que no vuelven porque sus familias han decidido regresar a Siria. “A veces tengo que ir personalmente a hablar con ellos para que cambien de opinión. Les pido que no regresen porque aquí están seguros y los niños van a la escuela”, comenta Lee. Algunos de los profesores, como Mohamed, permanecerán en Zaatari gracias a los proyectos del campo que garantizan sanidad y educación a todos sus habitantes.

El pequeño Abdel Malek se quita y dobla cuidadosamente su kimono, atando su cinturón en torno a él para llevarlo colgando a casa, tal y como le ha enseñado su maestro. “Hasta mañana Sejong”, le dice mientras se sube en la camioneta. Su padre Mohamed le da unas galletas de chocolate. Mira a su hijo con devoción. De repente, una de las galletas se cae encima de la plataforma de carga donde está subido, sucia de las pisadas de otros niños del campo que son transportados como él hasta el recinto. En vez de darle una patada hacia fuera, la coge delicadamente, se la lleva a la frente, luego la besa y se la come. Es la resistencia, incluso en un campamento de refugiados, a perder su condición humana.

TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS

Publicado en Zazpika, el dominical de Gara, el domingo 01 de Marzo del 2015

11 enero 2015

Sobre Charlie Hebdo, Siria y la libertad


Querido primo,

No he podido olvidar la última vez que nos vimos. Fue en la casa de los conspiradores, cuando esa palabra, mundas, todavía representaba una revolución palpitante, llena de vida, que hoy está sepultada por bloques de hielo. Aquel día te encontré allí, en la casa de Samhar, cuando aún vivía, y sentados en el patio enseñabas los vídeos que habías grabado el día anterior al resto de la familia. Eran mediados de abril y la primavera empezaba a crecer sobre la tierra aunque se acercara para nosostros un largo invierno. Allí estabas tú y los demás, sentados en el patio interior, al aire libre, sin esconderse, enviando aquellas imágenes a los canales por satélite, para que el mundo viera los primeros muertos de la represión del régimen.

No he podido olvidar esas imágenes porque representan todo por lo que después hemos pasado. El 18 de abril del 2011 una gran multitud se congregó en una mezquita de Homs para canalizar la ira causada por el asesinato de dos jóvenes. Tu estabas allí. Desde que los cuerpos sin vida salieron por la puerta hasta que los llevaron al cementerio, mientras pedían a gritos justicia y acabaron en la plaza del Reloj Nuevo. Eran centenares, hombres y mujeres. Hacía calor y los jóvenes se tiraban unos a otros agua, festejando que por fin terminara el miedo, exigiendo por fín una libertad que nunca antes habían experimentado, que ahora reclamaban con el ímpetu de generaciones silenciadas. Era comprensible el júbilo. Tú grabaste sonrisas, palmas, gritos, himnos de que el pueblo permanecería unido, promesas de que las protestas serían pacíficas. En aquel ambiente era fácil creer lo imposible.

Luego llegó la noche, la oscuridad, donde se pueden cometer atrocidades. Donde la impunidad puede arrollar los espíritus más fuertes, como el tuyo. Aunque no estabas dispuesto a entregarte fácilmente. Te quedaste cuando todos te pedimos que no lo hicieras. Te quedaste para grabar el horror, ese del que acabamos acostumbrándonos. Quizá lo hiciste para no acostumbrarte, porque no podías soportar la idea de que la violencia en Siria siempre había sido Ley, y lo seguiría siendo. Te quedaste cuando comenzaron a llover balas, bailando sobre vuestras cabezas, en su juego macabro por quitaros la vida. No querían testigos del deseo de libertad de un pueblo. Y eso implicaba matar a muchos.

Te quedaste y las balas jugaron a incrustarse en las paredes de Homs. Tú grabaste sus huellas, también los agujeros de la metralla en los cuerpos de jóvenes como tú, ensangrentados, que eran transportados por otros hacia un hospital, de esos pocos que eran seguros. Allí te enfrentaste por primera vez con la muerte y ella te vió y no te olvidó. Nunca sabré si sabías que la muerte te andaba buscando y si, en algún instante de los meses que te quedaban de vida, tomaste La Decisión. Esa que cuando uno toma ya no hay vuelta atrás. Esa decisión al que uno siempre se enfrenta al menos una vez en la vida y determina la existencia. Y creo que sí, porque desde entonces grabaste muchas más concentraciones. Te imagino en la cama aquella noche del 19 de abril, intentando dormir, dando vueltas, porque ya sabías que el compromiso tenía un alto precio. Y lo asumiste.

Así, como aquel día, la revolución que ciudadanos como tú empezasteis, se convirtió en tragedia. Durante estos cuatro años, todo lo peor que podría ocurrir, como tu muerte, se hizo realidad. El infierno y la pesadilla se instalaron a vivir entre nosotros. Todas las líneas rojas que se impusieron al régimen fueron violadas, todas las reuniones para instaurar soluciones políticas fueron saboteadas, todas las promesas de ayuda a los civiles incumplidas, todos los actos más macabros que jamás habíamos podido imaginar se cumplieron: los sirios murieron torturados, por armas químicas, de frío, de hambre, de miseria. Cuatro años después, un tiro en la cabeza como el que tú recibiste, parece hasta misericordioso comparado con la deshumanización, la guerra, la sangre fría, el abandono del mundo entero que ignoró nuestras demandas y olvidó nuestro sufrimiento.

Pero yo no te he olvidado. Y ahora, cuando piden, no piden, exigen, que los musulmanes del mundo árabe salgan a la calle en repulsa por el asesinato de los 12 periodistas del Charlie Hebdo -deleznable y repulsivo donde los haya-, y cuando les oigo decir que el Islam tiene un problema con la civilización occidental, y cuando se les llena la boca de una supuesta superioridad moral, yo me acuerdo de ti y me pregunto si alguno, uno sólo, hubiera sido capaz de hacer lo que tú, y muchos como tú, hicisteis en Siria por defender la libertad.

12 diciembre 2013

Feliz cumpleaños


Estas palabras no sirven de consuelo ni de denuncia. Estas palabras no pueden trascender la desazón ni la incertidumbre, el silencio o la impotencia. No pueden ayudar a nadie ni saben cómo hacerlo, quizá por eso han dejado de aparecer en este blog. Proscritas, porque sólo saben hablar de un drama que no cesa y que se va llevando a los seres queridos, uno a uno.

Hace tres años caminaba por esas calles, hace tres años hacía un frío glacial en Homs como hoy hace en Amán. Hace tres años, toda mi vida giraba en torno a un nombre y por ese nombre, hace tres años, tomé esas calles, para buscarlo. No lo encontré, pero me dejó un regalo de cumpleaños: una ciudad en blanco y negro que he enmarcado en mis recuerdos y me acompaña cada día; una ciudad que grabé a fuego en mi memoria bajo la lluvia torrencial; Homs meses antes de una revolución que la dejaría así, devastada.

Homs, cuando apenas nadie la situaba en un mapa y por eso la quería más. Homs cuando sólo era el recuerdo de un amor y me servía de excusa para mantener un estado de melancolía ñoño y barato. Homs aquella mañana del 11 de diciembre del 2010 cuando desperté con la lluvia cayendo sobre la terraza de mi casa en Al Qusur y no se me ocurrió otra cosa más absurda que salir a pasear, bajo el agua. Nunca he deseado tanto en mi vida calarme hasta las huesos, hasta que casi enfermo.

Pero... qué espectáculo, qué regalo para la memoria los ríos en el asfalto, el agua repicando en el cristal de los coches, la calle Al Cornish con sus microbuses, la gente aglomerada en la parada de autobus, ahí sigue la foto de Bashar y sus terribles ojos azules, que parece que lo observan todo... y caminar y caminar y llegar hasta el zoco y descubrir que también las especias celebran la lluvia y despiden sus olores, húmedos, se escurren entre los hombres que también han encontrado refugio bajo la bóveda recién renovada... chorreando agua te miran, unos ojos tras la cortina negra, como si llevaran la casa a cuestas y te observasen por un resquicio… ir a ver a Basel y que te reciba con esa sonrisa que te parece un milagro, un milagro que tardó 15 años en ver la luz, como si volviera a nacer, Basel nació dos veces y por eso Basel no puede morir. 

Dejo la tienda de Basel en el zoco refugiada en un paraguas de flores, me da por comprar un paraguas llamativo, de colores, en medio de esa orgía de grises, de agua gris, de caras grises, de edificios grises... y de especias con olores que no puedo describir. Tengo un destino fijado en mente, una dama que se llama Julia y que me espera en Bustan al Diwan, una dama que ese día se ríe por haberme tatuado sus flores, aunque parece que llora mientras la observo grabada en la roca. Chorreando, le hago preguntas silenciosas y no contesta. Le divierte intentar averiguar si lo que resbala por mis mejillas son gotas de lluvia o lágrimas.

Vuelvo a casa, por entonces sin agujeros de bala, vuelvo a casa y me espera cerca de la puerta Hala, la directora de mi escuela de árabe, es la única que me regala una tarjeta de cumpleaños, para que la recuerde. Hala, con esos ojos desgastados por el tiempo, esas arrugas que enmarcan unas pupilas de hierro, Hala, que no confesará hasta el último día que su hermano desapareció en los años 80 y que lleva décadas esperando verlo entrar por la puerta. Hala, que me regaló la última vez que nos vimos un libro de Palestina que leo aquí en Amán, un  libro sobre la historia reciente de un pueblo que lleva un siglo en el exilio, y que le va pasando el turno a los que le rodean. Ahora Siria, ahora a nosotros. Es imposible huir de las desgracias ajenas; por mucho que huyas, te encuentran.

Era la madrugada del 19 de abril, escuché los disparos, los gritos de los jóvenes volviendo de la plaza del Reloj Nuevo, olían a muerte, todo lo nuevo en Homs suena a chiste, todo ha envejecido como si hubieran pasado siglos, ya nadie reconoce las calles, ya no hay tiendas que reconocer, ni casas, nada. Una semana después volvía en ese avión que me ponía a salvo mientras dejaba atrás a los míos. Dejaba atrás la casa de Samhar, mi segundo padre, alguien que me trataba como a su hija, que me quería y me regañaba cuando me ponía a hablar en inglés, las veces que me decía “Si ya entiendes casi todo, tienes que empezar a hablar” y yo le daba la razón. Las veces que me he sentado a su mesa a comer, las veces que he comido kipi en esa cocina, las veces que su mujer me ha preparado Sakrie, el mejor Sakrie que he comido en mi vida. Su casa era mi refugio, mi bunker familiar contra un régimen que nos declaraba la guerra, de la noche a la mañana ya no te sentías seguro en ningún sitio. Allí conocí  a Adnan, donde me enseñó los vídeos de la matanza, donde aprendí lo que significaba “silmie”,“mundas” y “zaura”.

Uno de aquellos días me levanté temprano. Me dirigía a la cocina para desayunar cuando me encontré en el patio a Samhar, de espaldas, mirando a un punto fijo del muro que nos separaba del mundo exterior, sostenía un cigarro en la mano. Era una imagen escalofriante, aquel momento me hizo darme cuenta de su extrema delgadez, sus camisas siempre le quedaban demasiado grandes, siempre comentábamos el contraste con su mujer, hermosa y de mejillas redondas y sonrosadas… recuerdo detenerme y mirarle, sin que se diera cuenta de que estaba siendo testigo de sus pensamientos… que se escapaban por el humo de ese cigarro, eran negros como una espesa niebla, tan oscuros que podías sentir el frío. Ya nada volvería a ser como antes.

Todos volvíamos pronto a casa, ya no había libertad de movimiento, ya sólo pude ir a casa para hacer las maletas. En dos horas Samhar me esperaba en la puerta con el coche. Yo no quería irme, no quería abandonar mi casa, mi habitación con el mapa de Oriente medio pegado en la pared, mi terraza donde desayunaba, mis libros, mis seis meses en ese piso apenas estrenado, no quería pensar que ya nunca más volvería, era demasiado difícil hacerse a la idea. Me llamaba al móvil constantemente “¿Por qué tardas tanto? Baja ya que se hace tarde.” Mohannad me ayudó a bajar las maletas y yo corriendo hacia el coche me caí y Samhar tuvo que salir del coche para ayudarme… era insoportable el sentimiento de culpabilidad, absolutamente insoportable. Me obligaba a no llorar, a mantenerme fuerte delante de ellos que se quedaban. “Lloras en el avión pero no ahora”, pensaba, mientras venían familiares a despedirse de mi en casa de Samhar, vino Basel y su familia, vino Hala y me regaló el libro con la dedicatoria “Volveremos a vernos en Homs, inshallah”. Lloras en el avión.

Samhar también me llevó al aeropuerto, él y su hija me llevaron a Damasco, de noche y con una luna partida. Antes de llegar, nos detuvieron para registrar mis maletas, querían ver incluso lo que tenía en mi bolso. Yo sentía un odio infinito, pero la humildad y la delicadeza con la que Samhar les habló me enseñaron una lección inolvidable: delante del peligro sosiego, mucho sosiego. “Sólo la llevamos al aeropuerto y volvemos, podéis ver lo que tenemos en el maletero”. “Laila, tu quédate dentro. Laila, enséñales el pasaporte y lo que llevas en el bolso”. En dos minutos nos dejaron ir.

Fue la última vez que vi a Samhar. En el aeropuerto me esperaban unos amigos de mi padre que también regresaban a España. Samhar me dejó con ellos. Allí se quedó con su hija, me vieron alejarme y yo miré atrás. Allí se quedó con su hija. Allí se quedó.

El humo de sus oscuros pensamientos se materializó y estos tres años ha estado asumiendo desgracias, la muerte de su sobrino, el encarcelamiento de su hijo, la emigración a Egipto, la persecución de los sirios en Egipto, un negocio que no funciona, la decisión de volver a Homs… su corazón no ha podido superarlo. Nos ha dejado su risa ronca, su frente plagada de arrugas, su mirada seria… nos ha dejado el peso que llevaba a cuestas para que lo repartamos. Ahora estará regañando a Adnan como me regañaba a mi, le regañará por salir aquella noche a manifestarse, le dirá que dejó a su madre rota, pero luego, cuando haya terminado, volverá a reir con esa risa ronca y quemada por el tabaco, se encenderá su cigarro y nos observará desde ahí arriba, maldiciendo al “kalb” que le rompió el corazón.

Que nos lo rompió a todos.

04 septiembre 2013

Exiliados sirios en Ammán: reacios a la intervención

Un exiliado sirio contempla las noticias en pleno centro de Ammán. (L.M.)

La necesidad estrecha las diferencias que no permite la violencia sobre el terreno 

“¿Quién recibirá dinero por este derramamiento de sangre?” exclama un jordano mientras mira las noticias sobre la posible intervención. Un asentimiento parece recorrer la mirada de todos los presentes en una cafetería de Ammán. “Cambia de canal, Al yazeera kazeb (Al Jazeera miente). No van a atacar porque tienen miedo de Bashar”, protesta un refugiado sirio.

Después de dos años y medio de violencia, los refugiados sirios en Jordania como Abu Suleiman desearían que todo volviera a ser como antes. “Yo vivía muy bien en Damasco. Tenía mi negocio y vivía cómodamente, una vida tranquila con mi mujer y mis hijos. Una bomba destruyó el trabajo de toda una vida. Por culpa de los salafíes he tenido que abandonar mi país”, se lamenta con su gorra negra y las manos manchadas de barniz.

Abu Suleiman trabaja en un hotel de la capital jordana para poder mantener a los suyos. Aunque rechace a los grupos rebeldes –formados por una variopinta amalgama de civiles, ex miembros del ejército sirio y grupos islamistas ajenos a los objetivos revolucionarios-, no parece defender al régimen. “También aquí hay mujabarat -los servicios de inteligencia- que controla los movimientos de los sirios. No hay libertad en ningún país del mundo árabe” reconoce en susurros.

Esperando el visado

Ammán es el punto de encuentro de refugiados. Palestinos e iraquíes llegaron aquí en las últimas décadas tras dejar atrás familiares, casas, amigos. Ahora aterrizan en territorio hachemí sirios y egipcios para trabajar en hoteles y restaurantes de la capital, dispuestos a cobrar la mitad del salario de un jordano medio con tal de sobrevivir a un exilio indefinido.

Ninguno de los sirios preguntados apoya el ataque de Estados Unidos. En el ático de un hotel, con el trasfondo del imponente anfiteatro romano, una familia de sirios procedentes de Hasaka – una ciudad al noroeste de Siria- fuman narguile esperando una llamada que no llega.

“Tenemos familia en Estocolmo y llevamos dos semanas esperando la visa” reconoce Mariam, mientras mira cómo su hija recoge calcetines que cuelgan junto a una maraña de sábanas y toallas. Ayer mismo los medios se hacían eco de que Suecia otorgará la residencia permanente a todos los refugiados sirios que hayan pedido asilo en su territorio. Mariam no quiere ni oír hablar de una intervención. “¿Que atacarán esta semana? No lo sabía. Apenas veo las noticias. Sólo quiero salir de aquí”. Guarda silencio, como si la impotencia le oprimiera el pecho.

Sirios a pesar de Siria

La necesidad obliga a que ciudadanos de Alepo, Damasco, Lataquia o Homs tengan que convivir para ganarse el sustento. El trabajo es el lugar de encuentro que difumina los abismos que la violencia sobre el terreno y el miedo –el régimen se promociona como el único protector de las minorías- hacen insalvables entre los ciudadanos sirios.

Abu Suleiman colabora estrechamente con otros sirios en el mismo hotel. “Uno es de Homs, otro de Latakia. Basel tiene a un hermano en la cárcel por haber sido descubierto colaborando con el Ejército Sirio Libre y hace meses que no sabe nada de él. Tenemos nuestras diferencias pero nos respetamos porque todos sufrimos por la situación”, se lamenta.

“A veces bromeamos. Ellos me llaman shabiha –milicias del régimen sirio- y yo les llamo salafíes. En realidad no tomamos partido. Todos queremos nuestra patria y deseamos que todo se solucione. Pero más bombas no solucionarán el conflicto”, sentencia. Todos parecen coincidir en que la intervención, lejos de arreglar las cosas, les mantendrá aún más tiempo alejados de sus hogares.

06 junio 2013

Las trincheras turcas: breve análisis de la narrativa sobre #occupygezi




Las protestas en Turquía -por el violento desalojo de manifestantes congregados el pasado viernes contra la destrucción del parque Gezi- han despertado un intenso debate en las redes sociales. Tanto defensores como detractores de la política de Erdogan han polarizado la narrativa de los hechos hasta límites muy preocupantes.

En el espectro de apreciaciones, los más revolucionarios se han atrevido a denominarlo 'la primavera turca', comparándola con las revueltas árabes que han sacudido la región desde el comienzo del 2011. Los más indignados han tachado a los manifestantes de 'borrachos, seguidores del autoritarismo de Ataturk', además de sugerir que detrás de las protestas había agentes externos interesados en la desestabilización del país.

Hay dos cosas, sin embargo, que no se deberían poner en duda: por un lado la propia legitimidad de Erdogan, ya que el AKP ha ganado las últimas tres elecciones legislativas con una cómoda mayoría, obteniendo la mitad de los votos emitidos en 2011. Además, su fórmula de gobernar es amparada por una amplia mayoría identificada en sus valores y satisfecha con el progreso económico del país. Por otro lado, no es posible negar el hecho de que las protestas son un síntoma de frustración de parte de la sociedad turca, que no se siente representada por un partido que parece insensible a sus demandas.

Un conjunto de circunstancias han inflamado el descontento social, según el texto que ha estado circulando estos días por la web, escrito por el periodista turco Ece Temelkuran. En él defiende que "no se trata de unos cuantos árboles, sino de una acumulación de incidentes": el número desproporcionado de presos políticos, los desequilibrios institucionales por la concentración de poder y la arrogancia del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan.

Muchos son los comentaristas que afirman que las protestas empezaron a extenderse cuando Erdogan hizo su primera declaración pública, en la que tachó a los manifestantes de 'alborotadores' (Çapulcu). Rápidamente, esta expresión ha comenzado a utilizarse como una jerga propia de los indignados turcos. Con el mismo lenguaje sarcástico, un grupo de turcos residentes en varios puntos del país han aportado sus testimonios a este blog.

El jóven turco, Y.E, de 26 años y residente en Erzurum, explica que otra de las principales causas de las movilizaciones, en su opinión, es la poca confianza que muchos turcos depositan en el principal partido de la oposición:
"The protest to protect trees was a symbolic reaction to AKP's despotic decision and headstrong attiude, ironically the situation gets this way thanks to Erdogan ordering police to take out the protesters from the Gezi Park no matter what. The protests are pure representation of the accumulated AKP discomfort which has been growing through last years among seculars who have given up hope of main opposition party(Republician Public Party)'s performance against AKP."
También se muestra crítico con los grupos extremistas que provocan altercados violentos, ya que quieren aprovecharse de la situación. Reconoce además que los disturbios pueden beneficiar a otros actores internacionales:
"I, myself, am not favoring use of tear gas in fact it should be restricted totally or permitted under strict control. However, tear gas and water cannon are used by the democracies of developed countries such as USA(look how police reacted to Occupy Wall Street protesters),France(gay marriage law protests),England to control public riots. This was a peaceful protest at first but thanks to overuse of tear gases(even aimed to injure sometimes) by police, now some extremist,violence-prone groups and foreign intelligencies saw the perfect chance to exploit the already mobilized groups."
La prioridad, en opinión de Y.E., es encontrar a un líder que sea capaz de representar a todo el expectro de la sociedad turca, algo que considera imposible en la actualidad:
"No need to mention that there is a need for a leader who will guarentee the lifestyle of all parts of Turkish society (which Erdogan promised to do so), but it seems like no such leader exist to ensure that for now, thus conservatives,consisting a great part of society, will hardly give up on Erdogan."
La prensa escrita y audiovisual del país apenas ha mencionado lo ocurrido estos días, lo que ha provocado más descontento entre los turcos. El pulso que Erdogan mantiene contra las redes sociales -llegó a decir que Twitter es un "problema para la sociedad"- ilustra el alejamiento de la ciudadanía y alienta dichos canales alternativos de información, que se convierten en la herramienta más utilizada por los jóvenes para saber lo que ocurre de forma instantánea en otras ciudades.

Será la sociedad turca quien tendrá que superar esa polarización que hoy parece protagonizar la escena pública. Es el pluralismo y dinamismo lo que permitirá consolidar la democracia en Turquía. El respaldo absoluto a una sola fuerza política ahondará todavía más en las diferencias, no sólo a nivel discursivo como puede apreciarse en las redes sociales, sino lo más preocupante, entre las propias personas que componen una sociedad tan heterogénea como la turca.

25 diciembre 2012

Equivocarse en la esperanza

[Intervención en la charla "La tragedia siria: situación actual y desastre humanitario"]


Como dice el cartel, soy periodista hispano-siria. Como periodista siento gran admiración y respeto por personas como Diego Represa, Antonio Pampliega y tantos otros que arriesgan sus vidas cruzando la frontera para contarnos lo que ocurre en Siria. Son nuestros ojos y la voz de los que no la tienen, son como una prolongación de nuestros sentidos.

Preparando la charla y pensando en el periodismo de guerra, he recordado un libro que he leído recientemente. Se titula "Donde la tierra arde" y narra los últimos días de María Grazia Cutuli, una periodista italiana que muere en Afganistán junto al corresponsal español de El Mundo, Julio Fuentes, en noviembre del 2001. El libro comienza con las palabras del obituario que le dedicó Arturo Pérez-Reverte a su compañero. En una parte escribía que para reporteros como él "[La guerra era] un extraño hogar con reglas precisas, simples, donde el malo es quien te dispara y el bueno es aquél cuya sangre te salpica, y el resto son milongas."

La semana pasada Antonio Pampliega nos contaba que, desde el frente donde ha cubierto la batalla de Alepo, la del Ejército Sirio Libre, apenas había visto combatientes o soldados muertos y que las víctimas son mayoritariamente civiles. Es lo que también nos acaba de contar Diego Represa. "Esa sangre que salpica" quedaba bien reflejada en el vídeo que grabó Antonio donde un reguero rojo salía del hospital Al Shifa tiñendo las calles de Alepo.

Ellos nos han contado su testimonio y yo vengo a contar el mío, mi testimonio como siria más que como periodista. Os hablaré de las campañas de Ayuda Humanitaria que lleva a cabo la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio y os contaré la historia de alguien que ya no tiene voz.

A muchos residentes sirios en España la revolución les sorprendió estudiando, trabajando, pensando quizá en pasar las vacaciones de verano en Siria. A mí la revolución me sorprendió allí, llevaba cinco meses estudiando árabe en Homs, allí tenía y tengo a la familia y tenemos o teníamos una casa. Convivía con una compañera de piso de Hama y solía ir a la universidad Al Baath a clases de árabe tras haber terminado mi carrera en Madrid.

Cuando en enero cae el régimen de Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto, yo observo la reacción de mi entorno, preguntándome cual será la respuesta de los sirios a la "primavera árabe". La tensión empezaba a ser latente y las reacciones eran diversas. Los jóvenes se atrevían a manifestar cierta esperanza de que Bashar acelerara las reformas que llevaba prometiendo desde hace años, pero no se atrevían a desear un cambio de régimen. Los más mayores incluso deseaban que permaneciera el statu quo, querían pasar el resto de la vejez tranquilos. 

Pero la mecha prende en Deraa, con las pintadas de unos niños en las paredes de su colegio y se expande como la pólvora por las demás regiones. A Homs llega el 18 de abril. El entierro de varios manifestantes asesinados el día anterior en localidades que rodean la ciudad se convierte en una marcha de protesta desde la mezquita donde se celebra el rito fúnebre hasta el cementerio. Tras enterrarlos se reúnen en la plaza del reloj nuevo, el Tahrir de los homsis, y se establecen allí con la idea de acampar. Hombres y mujeres, mayores y jóvenes, corean "El pueblo quiere la caída del régimen"  y "somos pacíficos". Al anochecer, la tragedia. Las fuerzas de seguridad los dispersan a balazos. Algunos son heridos y son trasladados en volandas al hospital. Varios mueren. Aún se desconoce cuántos.



Yo no estuve allí, pero escuché los disparos. No se detuvieron en toda la noche, junto a estremezodores Alahu Akbar gritados por megáfonos que procedían de la plaza y cuyo eco retumbaba por las calles de la ciudad. Varios de los jóvenes que huyeron tras la violenta interrupción llegaron al barrio y comenzaron a gritar. "No durmáis, nos están matando en la plaza". También los gritos eran de rabia: "Zanga, zanga, dar, dar, bedak rasak ia Bashar (Las dos primeras palabras las pronunció Gadafi en su discurso para amedrentar a los libios, las siguientes significan "queremos tu cabeza Bashar") o también "Bashar, traidor, lleva tus soldados al Golán".

Al día siguiente, abandoné mi casa. Ya no era segura. Mis primos, con edades comprendidas entre los 20 y los 30, se reunieron en la casa donde pasé los últimos días en Siria. Uno de ellos, Adnan, no sólo había presenciado todo... también lo había grabado: el entierro, el recorrido hasta el cementerio, la concentración, los gritos, los disparos, la muerte. Yo no me atrevía a proponerlo, pero al final surgió espontáneamente. "Adnan, pásale a Laila los vídeos, para que los distribuya en España". Él me miró y afirmó con la cabeza. Nunca olvidaré aquel gesto. Cuando el USB acabó en mis manos, sentía que tenía algo muy valioso. Lo escondí bien mientras me dirigía al aeropuerto.

Cuando aterricé en España, intenté difundir la matanza. Pero el miedo a las represalias contra mi familia en Siria pesaba más. Las concentraciones frente a la embajada eran peligrosas. Sabíamos que miembros de la embajada nos hacían fotos que luego enviaban a la mujabarat (inteligencia siria). Incluso varios de nosotros fuimos amenazados. Pero el 1 de agosto de aquel año, perdí el miedo. Mi padre me llamó para informarme de que habían asesinado a Adnan. Un francotirador acabó con su vida en el acto. Minutos antes sostenía un cartel frente a una decena de fuerzas de seguridad en la calle del Estadio. Lo mataron porque no supieron cómo defenderse frente a un joven que pedía un cambio en la calle, desarmado y a pecho descubierto: eso era un acto revolucionario contra el que no supieron combatir excepto con la violencia.

Fue un punto de inflexión. Me uní a la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio. Participé en charlas, entrevistas, organizamos campañas de ayuda humanitaria.. y también, escribí artículos donde edité sus vídeos. Tenía que difundir las imágenes por las que dio su vida.

Después de dos años de revolución, de masacres y penurias, de violencia y desesperación, intento mantener vivos los ideales por los que tantas vidas se han perdido. Hay una frase de un libro que acabo de leer, "Los desorientados", de Amin Maalouf, que me ha gustado: "Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación". Es el lema de los sirios.

Porque dejarse llevar por las circunstancias es lo fácil. Fácil para algunos decir que hay una guerra civil en Siria, haciendo un análisis superfluo de los acontecimientos. Fácil decir que es un conflicto sectario-religioso. Fácil criticar los errores de los rebeldes, magnificarlos y despreciar los cientos de civiles que mueren a diario. Fácil dejarse llevar por el odio, cuando han asesinado a toda tu familia y sientes frío y hambre en un campo de refugiados. Es legítimo, pero fácil.

Es fácil agarrarse a un clavo ardiendo en la desesperación. Fácil dejarse llevar por la ideología que nos interesa, ponerse una venda en los ojos y defender a un tirano. Fácil defender el laicismo desde fuera, fácil decir que los verdaderos héroes son los que defienden la democracia exportada de Occidente mientras miran impasibles cómo mueren bombardeados desde aviones MIG 23 o con misiles Scud.

Lo difícil es seguir manteniendo los principios que inspiraron esta revolución. Difícil mantener vivos a Adnan, a Giath Matar, a Basel Shehade... Difícil explicar por qué empezó y cómo terminará esta revolución que está rodeada de intereses geoestratégicos y de países que quieren abortarla, difícil convencer a ciertos sectores de la oposición que alimentar el odio no es la solución, difícil no rendirse. Difícil mantener la esperanza de que los sirios puedan reconstruir el país que deja en ruinas Bashar Al Asad.

Pero prefiero equivocarme en la esperanza, que acertar en la desesperación.

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