12 diciembre 2013

Feliz cumpleaños


Estas palabras no sirven de consuelo ni de denuncia. Estas palabras no pueden trascender la desazón ni la incertidumbre, el silencio o la impotencia. No pueden ayudar a nadie ni saben cómo hacerlo, quizá por eso han dejado de aparecer en este blog. Proscritas, porque sólo saben hablar de un drama que no cesa y que se va llevando a los seres queridos, uno a uno.

Hace tres años caminaba por esas calles, hace tres años hacía un frío glacial en Homs como hoy hace en Amán. Hace tres años, toda mi vida giraba en torno a un nombre y por ese nombre, hace tres años, tomé esas calles, para buscarlo. No lo encontré, pero me dejó un regalo de cumpleaños: una ciudad en blanco y negro que he enmarcado en mis recuerdos y me acompaña cada día; una ciudad que grabé a fuego en mi memoria bajo la lluvia torrencial; Homs meses antes de una revolución que la dejaría así, devastada.

Homs, cuando apenas nadie la situaba en un mapa y por eso la quería más. Homs cuando sólo era el recuerdo de un amor y me servía de excusa para mantener un estado de melancolía ñoño y barato. Homs aquella mañana del 11 de diciembre del 2010 cuando desperté con la lluvia cayendo sobre la terraza de mi casa en Al Qusur y no se me ocurrió otra cosa más absurda que salir a pasear, bajo el agua. Nunca he deseado tanto en mi vida calarme hasta las huesos, hasta que casi enfermo.

Pero... qué espectáculo, qué regalo para la memoria los ríos en el asfalto, el agua repicando en el cristal de los coches, la calle Al Cornish con sus microbuses, la gente aglomerada en la parada de autobus, ahí sigue la foto de Bashar y sus terribles ojos azules, que parece que lo observan todo... y caminar y caminar y llegar hasta el zoco y descubrir que también las especias celebran la lluvia y despiden sus olores, húmedos, se escurren entre los hombres que también han encontrado refugio bajo la bóveda recién renovada... chorreando agua te miran, unos ojos tras la cortina negra, como si llevaran la casa a cuestas y te observasen por un resquicio… ir a ver a Basel y que te reciba con esa sonrisa que te parece un milagro, un milagro que tardó 15 años en ver la luz, como si volviera a nacer, Basel nació dos veces y por eso Basel no puede morir. 

Dejo la tienda de Basel en el zoco refugiada en un paraguas de flores, me da por comprar un paraguas llamativo, de colores, en medio de esa orgía de grises, de agua gris, de caras grises, de edificios grises... y de especias con olores que no puedo describir. Tengo un destino fijado en mente, una dama que se llama Julia y que me espera en Bustan al Diwan, una dama que ese día se ríe por haberme tatuado sus flores, aunque parece que llora mientras la observo grabada en la roca. Chorreando, le hago preguntas silenciosas y no contesta. Le divierte intentar averiguar si lo que resbala por mis mejillas son gotas de lluvia o lágrimas.

Vuelvo a casa, por entonces sin agujeros de bala, vuelvo a casa y me espera cerca de la puerta Hala, la directora de mi escuela de árabe, es la única que me regala una tarjeta de cumpleaños, para que la recuerde. Hala, con esos ojos desgastados por el tiempo, esas arrugas que enmarcan unas pupilas de hierro, Hala, que no confesará hasta el último día que su hermano desapareció en los años 80 y que lleva décadas esperando verlo entrar por la puerta. Hala, que me regaló la última vez que nos vimos un libro de Palestina que leo aquí en Amán, un  libro sobre la historia reciente de un pueblo que lleva un siglo en el exilio, y que le va pasando el turno a los que le rodean. Ahora Siria, ahora a nosotros. Es imposible huir de las desgracias ajenas; por mucho que huyas, te encuentran.

Era la madrugada del 19 de abril, escuché los disparos, los gritos de los jóvenes volviendo de la plaza del Reloj Nuevo, olían a muerte, todo lo nuevo en Homs suena a chiste, todo ha envejecido como si hubieran pasado siglos, ya nadie reconoce las calles, ya no hay tiendas que reconocer, ni casas, nada. Una semana después volvía en ese avión que me ponía a salvo mientras dejaba atrás a los míos. Dejaba atrás la casa de Samhar, mi segundo padre, alguien que me trataba como a su hija, que me quería y me regañaba cuando me ponía a hablar en inglés, las veces que me decía “Si ya entiendes casi todo, tienes que empezar a hablar” y yo le daba la razón. Las veces que me he sentado a su mesa a comer, las veces que he comido kipi en esa cocina, las veces que su mujer me ha preparado Sakrie, el mejor Sakrie que he comido en mi vida. Su casa era mi refugio, mi bunker familiar contra un régimen que nos declaraba la guerra, de la noche a la mañana ya no te sentías seguro en ningún sitio. Allí conocí  a Adnan, donde me enseñó los vídeos de la matanza, donde aprendí lo que significaba “silmie”,“mundas” y “zaura”.

Uno de aquellos días me levanté temprano. Me dirigía a la cocina para desayunar cuando me encontré en el patio a Samhar, de espaldas, mirando a un punto fijo del muro que nos separaba del mundo exterior, sostenía un cigarro en la mano. Era una imagen escalofriante, aquel momento me hizo darme cuenta de su extrema delgadez, sus camisas siempre le quedaban demasiado grandes, siempre comentábamos el contraste con su mujer, hermosa y de mejillas redondas y sonrosadas… recuerdo detenerme y mirarle, sin que se diera cuenta de que estaba siendo testigo de sus pensamientos… que se escapaban por el humo de ese cigarro, eran negros como una espesa niebla, tan oscuros que podías sentir el frío. Ya nada volvería a ser como antes.

Todos volvíamos pronto a casa, ya no había libertad de movimiento, ya sólo pude ir a casa para hacer las maletas. En dos horas Samhar me esperaba en la puerta con el coche. Yo no quería irme, no quería abandonar mi casa, mi habitación con el mapa de Oriente medio pegado en la pared, mi terraza donde desayunaba, mis libros, mis seis meses en ese piso apenas estrenado, no quería pensar que ya nunca más volvería, era demasiado difícil hacerse a la idea. Me llamaba al móvil constantemente “¿Por qué tardas tanto? Baja ya que se hace tarde.” Mohannad me ayudó a bajar las maletas y yo corriendo hacia el coche me caí y Samhar tuvo que salir del coche para ayudarme… era insoportable el sentimiento de culpabilidad, absolutamente insoportable. Me obligaba a no llorar, a mantenerme fuerte delante de ellos que se quedaban. “Lloras en el avión pero no ahora”, pensaba, mientras venían familiares a despedirse de mi en casa de Samhar, vino Basel y su familia, vino Hala y me regaló el libro con la dedicatoria “Volveremos a vernos en Homs, inshallah”. Lloras en el avión.

Samhar también me llevó al aeropuerto, él y su hija me llevaron a Damasco, de noche y con una luna partida. Antes de llegar, nos detuvieron para registrar mis maletas, querían ver incluso lo que tenía en mi bolso. Yo sentía un odio infinito, pero la humildad y la delicadeza con la que Samhar les habló me enseñaron una lección inolvidable: delante del peligro sosiego, mucho sosiego. “Sólo la llevamos al aeropuerto y volvemos, podéis ver lo que tenemos en el maletero”. “Laila, tu quédate dentro. Laila, enséñales el pasaporte y lo que llevas en el bolso”. En dos minutos nos dejaron ir.

Fue la última vez que vi a Samhar. En el aeropuerto me esperaban unos amigos de mi padre que también regresaban a España. Samhar me dejó con ellos. Allí se quedó con su hija, me vieron alejarme y yo miré atrás. Allí se quedó con su hija. Allí se quedó.

El humo de sus oscuros pensamientos se materializó y estos tres años ha estado asumiendo desgracias, la muerte de su sobrino, el encarcelamiento de su hijo, la emigración a Egipto, la persecución de los sirios en Egipto, un negocio que no funciona, la decisión de volver a Homs… su corazón no ha podido superarlo. Nos ha dejado su risa ronca, su frente plagada de arrugas, su mirada seria… nos ha dejado el peso que llevaba a cuestas para que lo repartamos. Ahora estará regañando a Adnan como me regañaba a mi, le regañará por salir aquella noche a manifestarse, le dirá que dejó a su madre rota, pero luego, cuando haya terminado, volverá a reir con esa risa ronca y quemada por el tabaco, se encenderá su cigarro y nos observará desde ahí arriba, maldiciendo al “kalb” que le rompió el corazón.

Que nos lo rompió a todos.

04 septiembre 2013

Exiliados sirios en Ammán: reacios a la intervención

Un exiliado sirio contempla las noticias en pleno centro de Ammán. (L.M.)

La necesidad estrecha las diferencias que no permite la violencia sobre el terreno 

“¿Quién recibirá dinero por este derramamiento de sangre?” exclama un jordano mientras mira las noticias sobre la posible intervención. Un asentimiento parece recorrer la mirada de todos los presentes en una cafetería de Ammán. “Cambia de canal, Al yazeera kazeb (Al Jazeera miente). No van a atacar porque tienen miedo de Bashar”, protesta un refugiado sirio.

Después de dos años y medio de violencia, los refugiados sirios en Jordania como Abu Suleiman desearían que todo volviera a ser como antes. “Yo vivía muy bien en Damasco. Tenía mi negocio y vivía cómodamente, una vida tranquila con mi mujer y mis hijos. Una bomba destruyó el trabajo de toda una vida. Por culpa de los salafíes he tenido que abandonar mi país”, se lamenta con su gorra negra y las manos manchadas de barniz.

Abu Suleiman trabaja en un hotel de la capital jordana para poder mantener a los suyos. Aunque rechace a los grupos rebeldes –formados por una variopinta amalgama de civiles, ex miembros del ejército sirio y grupos islamistas ajenos a los objetivos revolucionarios-, no parece defender al régimen. “También aquí hay mujabarat -los servicios de inteligencia- que controla los movimientos de los sirios. No hay libertad en ningún país del mundo árabe” reconoce en susurros.

Esperando el visado

Ammán es el punto de encuentro de refugiados. Palestinos e iraquíes llegaron aquí en las últimas décadas tras dejar atrás familiares, casas, amigos. Ahora aterrizan en territorio hachemí sirios y egipcios para trabajar en hoteles y restaurantes de la capital, dispuestos a cobrar la mitad del salario de un jordano medio con tal de sobrevivir a un exilio indefinido.

Ninguno de los sirios preguntados apoya el ataque de Estados Unidos. En el ático de un hotel, con el trasfondo del imponente anfiteatro romano, una familia de sirios procedentes de Hasaka – una ciudad al noroeste de Siria- fuman narguile esperando una llamada que no llega.

“Tenemos familia en Estocolmo y llevamos dos semanas esperando la visa” reconoce Mariam, mientras mira cómo su hija recoge calcetines que cuelgan junto a una maraña de sábanas y toallas. Ayer mismo los medios se hacían eco de que Suecia otorgará la residencia permanente a todos los refugiados sirios que hayan pedido asilo en su territorio. Mariam no quiere ni oír hablar de una intervención. “¿Que atacarán esta semana? No lo sabía. Apenas veo las noticias. Sólo quiero salir de aquí”. Guarda silencio, como si la impotencia le oprimiera el pecho.

Sirios a pesar de Siria

La necesidad obliga a que ciudadanos de Alepo, Damasco, Lataquia o Homs tengan que convivir para ganarse el sustento. El trabajo es el lugar de encuentro que difumina los abismos que la violencia sobre el terreno y el miedo –el régimen se promociona como el único protector de las minorías- hacen insalvables entre los ciudadanos sirios.

Abu Suleiman colabora estrechamente con otros sirios en el mismo hotel. “Uno es de Homs, otro de Latakia. Basel tiene a un hermano en la cárcel por haber sido descubierto colaborando con el Ejército Sirio Libre y hace meses que no sabe nada de él. Tenemos nuestras diferencias pero nos respetamos porque todos sufrimos por la situación”, se lamenta.

“A veces bromeamos. Ellos me llaman shabiha –milicias del régimen sirio- y yo les llamo salafíes. En realidad no tomamos partido. Todos queremos nuestra patria y deseamos que todo se solucione. Pero más bombas no solucionarán el conflicto”, sentencia. Todos parecen coincidir en que la intervención, lejos de arreglar las cosas, les mantendrá aún más tiempo alejados de sus hogares.

06 junio 2013

Las trincheras turcas: breve análisis de la narrativa sobre #occupygezi




Las protestas en Turquía -por el violento desalojo de manifestantes congregados el pasado viernes contra la destrucción del parque Gezi- han despertado un intenso debate en las redes sociales. Tanto defensores como detractores de la política de Erdogan han polarizado la narrativa de los hechos hasta límites muy preocupantes.

En el espectro de apreciaciones, los más revolucionarios se han atrevido a denominarlo 'la primavera turca', comparándola con las revueltas árabes que han sacudido la región desde el comienzo del 2011. Los más indignados han tachado a los manifestantes de 'borrachos, seguidores del autoritarismo de Ataturk', además de sugerir que detrás de las protestas había agentes externos interesados en la desestabilización del país.

Hay dos cosas, sin embargo, que no se deberían poner en duda: por un lado la propia legitimidad de Erdogan, ya que el AKP ha ganado las últimas tres elecciones legislativas con una cómoda mayoría, obteniendo la mitad de los votos emitidos en 2011. Además, su fórmula de gobernar es amparada por una amplia mayoría identificada en sus valores y satisfecha con el progreso económico del país. Por otro lado, no es posible negar el hecho de que las protestas son un síntoma de frustración de parte de la sociedad turca, que no se siente representada por un partido que parece insensible a sus demandas.

Un conjunto de circunstancias han inflamado el descontento social, según el texto que ha estado circulando estos días por la web, escrito por el periodista turco Ece Temelkuran. En él defiende que "no se trata de unos cuantos árboles, sino de una acumulación de incidentes": el número desproporcionado de presos políticos, los desequilibrios institucionales por la concentración de poder y la arrogancia del primer ministro Recep Tayyip Erdoğan.

Muchos son los comentaristas que afirman que las protestas empezaron a extenderse cuando Erdogan hizo su primera declaración pública, en la que tachó a los manifestantes de 'alborotadores' (Çapulcu). Rápidamente, esta expresión ha comenzado a utilizarse como una jerga propia de los indignados turcos. Con el mismo lenguaje sarcástico, un grupo de turcos residentes en varios puntos del país han aportado sus testimonios a este blog.

El jóven turco, Y.E, de 26 años y residente en Erzurum, explica que otra de las principales causas de las movilizaciones, en su opinión, es la poca confianza que muchos turcos depositan en el principal partido de la oposición:
"The protest to protect trees was a symbolic reaction to AKP's despotic decision and headstrong attiude, ironically the situation gets this way thanks to Erdogan ordering police to take out the protesters from the Gezi Park no matter what. The protests are pure representation of the accumulated AKP discomfort which has been growing through last years among seculars who have given up hope of main opposition party(Republician Public Party)'s performance against AKP."
También se muestra crítico con los grupos extremistas que provocan altercados violentos, ya que quieren aprovecharse de la situación. Reconoce además que los disturbios pueden beneficiar a otros actores internacionales:
"I, myself, am not favoring use of tear gas in fact it should be restricted totally or permitted under strict control. However, tear gas and water cannon are used by the democracies of developed countries such as USA(look how police reacted to Occupy Wall Street protesters),France(gay marriage law protests),England to control public riots. This was a peaceful protest at first but thanks to overuse of tear gases(even aimed to injure sometimes) by police, now some extremist,violence-prone groups and foreign intelligencies saw the perfect chance to exploit the already mobilized groups."
La prioridad, en opinión de Y.E., es encontrar a un líder que sea capaz de representar a todo el expectro de la sociedad turca, algo que considera imposible en la actualidad:
"No need to mention that there is a need for a leader who will guarentee the lifestyle of all parts of Turkish society (which Erdogan promised to do so), but it seems like no such leader exist to ensure that for now, thus conservatives,consisting a great part of society, will hardly give up on Erdogan."
La prensa escrita y audiovisual del país apenas ha mencionado lo ocurrido estos días, lo que ha provocado más descontento entre los turcos. El pulso que Erdogan mantiene contra las redes sociales -llegó a decir que Twitter es un "problema para la sociedad"- ilustra el alejamiento de la ciudadanía y alienta dichos canales alternativos de información, que se convierten en la herramienta más utilizada por los jóvenes para saber lo que ocurre de forma instantánea en otras ciudades.

Será la sociedad turca quien tendrá que superar esa polarización que hoy parece protagonizar la escena pública. Es el pluralismo y dinamismo lo que permitirá consolidar la democracia en Turquía. El respaldo absoluto a una sola fuerza política ahondará todavía más en las diferencias, no sólo a nivel discursivo como puede apreciarse en las redes sociales, sino lo más preocupante, entre las propias personas que componen una sociedad tan heterogénea como la turca.

25 diciembre 2012

Equivocarse en la esperanza

[Intervención en la charla "La tragedia siria: situación actual y desastre humanitario"]


Como dice el cartel, soy periodista hispano-siria. Como periodista siento gran admiración y respeto por personas como Diego Represa, Antonio Pampliega y tantos otros que arriesgan sus vidas cruzando la frontera para contarnos lo que ocurre en Siria. Son nuestros ojos y la voz de los que no la tienen, son como una prolongación de nuestros sentidos.

Preparando la charla y pensando en el periodismo de guerra, he recordado un libro que he leído recientemente. Se titula "Donde la tierra arde" y narra los últimos días de María Grazia Cutuli, una periodista italiana que muere en Afganistán junto al corresponsal español de El Mundo, Julio Fuentes, en noviembre del 2001. El libro comienza con las palabras del obituario que le dedicó Arturo Pérez-Reverte a su compañero. En una parte escribía que para reporteros como él "[La guerra era] un extraño hogar con reglas precisas, simples, donde el malo es quien te dispara y el bueno es aquél cuya sangre te salpica, y el resto son milongas."

La semana pasada Antonio Pampliega nos contaba que, desde el frente donde ha cubierto la batalla de Alepo, la del Ejército Sirio Libre, apenas había visto combatientes o soldados muertos y que las víctimas son mayoritariamente civiles. Es lo que también nos acaba de contar Diego Represa. "Esa sangre que salpica" quedaba bien reflejada en el vídeo que grabó Antonio donde un reguero rojo salía del hospital Al Shifa tiñendo las calles de Alepo.

Ellos nos han contado su testimonio y yo vengo a contar el mío, mi testimonio como siria más que como periodista. Os hablaré de las campañas de Ayuda Humanitaria que lleva a cabo la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio y os contaré la historia de alguien que ya no tiene voz.

A muchos residentes sirios en España la revolución les sorprendió estudiando, trabajando, pensando quizá en pasar las vacaciones de verano en Siria. A mí la revolución me sorprendió allí, llevaba cinco meses estudiando árabe en Homs, allí tenía y tengo a la familia y tenemos o teníamos una casa. Convivía con una compañera de piso de Hama y solía ir a la universidad Al Baath a clases de árabe tras haber terminado mi carrera en Madrid.

Cuando en enero cae el régimen de Ben Alí en Túnez y de Hosni Mubarak en Egipto, yo observo la reacción de mi entorno, preguntándome cual será la respuesta de los sirios a la "primavera árabe". La tensión empezaba a ser latente y las reacciones eran diversas. Los jóvenes se atrevían a manifestar cierta esperanza de que Bashar acelerara las reformas que llevaba prometiendo desde hace años, pero no se atrevían a desear un cambio de régimen. Los más mayores incluso deseaban que permaneciera el statu quo, querían pasar el resto de la vejez tranquilos. 

Pero la mecha prende en Deraa, con las pintadas de unos niños en las paredes de su colegio y se expande como la pólvora por las demás regiones. A Homs llega el 18 de abril. El entierro de varios manifestantes asesinados el día anterior en localidades que rodean la ciudad se convierte en una marcha de protesta desde la mezquita donde se celebra el rito fúnebre hasta el cementerio. Tras enterrarlos se reúnen en la plaza del reloj nuevo, el Tahrir de los homsis, y se establecen allí con la idea de acampar. Hombres y mujeres, mayores y jóvenes, corean "El pueblo quiere la caída del régimen"  y "somos pacíficos". Al anochecer, la tragedia. Las fuerzas de seguridad los dispersan a balazos. Algunos son heridos y son trasladados en volandas al hospital. Varios mueren. Aún se desconoce cuántos.



Yo no estuve allí, pero escuché los disparos. No se detuvieron en toda la noche, junto a estremezodores Alahu Akbar gritados por megáfonos que procedían de la plaza y cuyo eco retumbaba por las calles de la ciudad. Varios de los jóvenes que huyeron tras la violenta interrupción llegaron al barrio y comenzaron a gritar. "No durmáis, nos están matando en la plaza". También los gritos eran de rabia: "Zanga, zanga, dar, dar, bedak rasak ia Bashar (Las dos primeras palabras las pronunció Gadafi en su discurso para amedrentar a los libios, las siguientes significan "queremos tu cabeza Bashar") o también "Bashar, traidor, lleva tus soldados al Golán".

Al día siguiente, abandoné mi casa. Ya no era segura. Mis primos, con edades comprendidas entre los 20 y los 30, se reunieron en la casa donde pasé los últimos días en Siria. Uno de ellos, Adnan, no sólo había presenciado todo... también lo había grabado: el entierro, el recorrido hasta el cementerio, la concentración, los gritos, los disparos, la muerte. Yo no me atrevía a proponerlo, pero al final surgió espontáneamente. "Adnan, pásale a Laila los vídeos, para que los distribuya en España". Él me miró y afirmó con la cabeza. Nunca olvidaré aquel gesto. Cuando el USB acabó en mis manos, sentía que tenía algo muy valioso. Lo escondí bien mientras me dirigía al aeropuerto.

Cuando aterricé en España, intenté difundir la matanza. Pero el miedo a las represalias contra mi familia en Siria pesaba más. Las concentraciones frente a la embajada eran peligrosas. Sabíamos que miembros de la embajada nos hacían fotos que luego enviaban a la mujabarat (inteligencia siria). Incluso varios de nosotros fuimos amenazados. Pero el 1 de agosto de aquel año, perdí el miedo. Mi padre me llamó para informarme de que habían asesinado a Adnan. Un francotirador acabó con su vida en el acto. Minutos antes sostenía un cartel frente a una decena de fuerzas de seguridad en la calle del Estadio. Lo mataron porque no supieron cómo defenderse frente a un joven que pedía un cambio en la calle, desarmado y a pecho descubierto: eso era un acto revolucionario contra el que no supieron combatir excepto con la violencia.

Fue un punto de inflexión. Me uní a la Asociación de Apoyo al Pueblo Sirio. Participé en charlas, entrevistas, organizamos campañas de ayuda humanitaria.. y también, escribí artículos donde edité sus vídeos. Tenía que difundir las imágenes por las que dio su vida.

Después de dos años de revolución, de masacres y penurias, de violencia y desesperación, intento mantener vivos los ideales por los que tantas vidas se han perdido. Hay una frase de un libro que acabo de leer, "Los desorientados", de Amin Maalouf, que me ha gustado: "Más vale equivocarse en la esperanza que acertar en la desesperación". Es el lema de los sirios.

Porque dejarse llevar por las circunstancias es lo fácil. Fácil para algunos decir que hay una guerra civil en Siria, haciendo un análisis superfluo de los acontecimientos. Fácil decir que es un conflicto sectario-religioso. Fácil criticar los errores de los rebeldes, magnificarlos y despreciar los cientos de civiles que mueren a diario. Fácil dejarse llevar por el odio, cuando han asesinado a toda tu familia y sientes frío y hambre en un campo de refugiados. Es legítimo, pero fácil.

Es fácil agarrarse a un clavo ardiendo en la desesperación. Fácil dejarse llevar por la ideología que nos interesa, ponerse una venda en los ojos y defender a un tirano. Fácil defender el laicismo desde fuera, fácil decir que los verdaderos héroes son los que defienden la democracia exportada de Occidente mientras miran impasibles cómo mueren bombardeados desde aviones MIG 23 o con misiles Scud.

Lo difícil es seguir manteniendo los principios que inspiraron esta revolución. Difícil mantener vivos a Adnan, a Giath Matar, a Basel Shehade... Difícil explicar por qué empezó y cómo terminará esta revolución que está rodeada de intereses geoestratégicos y de países que quieren abortarla, difícil convencer a ciertos sectores de la oposición que alimentar el odio no es la solución, difícil no rendirse. Difícil mantener la esperanza de que los sirios puedan reconstruir el país que deja en ruinas Bashar Al Asad.

Pero prefiero equivocarme en la esperanza, que acertar en la desesperación.

22 septiembre 2012

La carta de recomendación del aspirante 57

'El pueblo' con Ghalia Sarakbi. |  Jaber AlAzmeh

Hola. Soy la carta de recomendación del aspirante 57. Como sé que las posibilidades de que usted lea mi currículum son relativamente escasas, he decidido ser original en un arrebato de sinceridad. Quiero confesarle cosas que nunca encontrará en mis referencias.


Me licencié en periodismo porque nunca he querido ser otra cosa. Me gusta dedicarme a las cosas que me apasionan. Muchas personas me aconsejan que sea práctica, que me olvide de mis inalcanzables ideales, que busque un puesto de oficina, con horario fijo y un sueldo que cubra todas mis necesidades. Pero no. He asumido el riesgo.

Nacer utópica no me ha impedido descubrir la vida real. No. Aunque nunca he pasado hambre y siempre he tenido una casa a donde regresar, sé que la necesidad es violenta. Eso  mismo le dijo que pasaría el valeroso Héctor a su mujer Andrómaca  si no vencían a los aqueos:

"Muchas contrariedades padeciendo, pues sobre ti se ha de cernir entonces, violenta y dura, la necesidad".
La necesidad es violenta. Yo misma soy el resultado de necesidades cubiertas. Mis padres se conocieron mediante el instinto de la necesidad, porque no había un sitio para ellos en la tierra que los había visto nacer y crecer. Mi sangre tiene un aroma a tierras lejanas, a jazmín y aceitunas. Y quizá yo he sido muy egoísta tomando el relevo de sus destinos paralelos, sabiendo que soy el producto de sus esfuerzos personales, sus sacrificios necesarios y sus merecidas recompensas. Sí, soy cabezota. Me empeño en escribir. Sobre todo después de que las heridas de mis orígenes mataran a tantos inocentes y tantos periodistas. Escribir es mi forma de mantenerlos vivos.

Ahora debo sacrificar todo lo que tengo para caber en lo que soy. Ser la voz de los que no la tienen y dejarse la piel. Probablemente no sea la mejor preparada, que hay otros que escriben mejor, otros que tengan más experiencia, pero le pido algo: escoja a quien esté dispuesto a irse al fin del mundo para contar una historia. Invierta en eso, antes de que muera este periodismo renqueante, podrá decir que hizo lo que pudo por salvarlo.

Hoy terminan mis prácticas en un periódico que me ha enseñado mucho: que las noticias hay que salir a buscarlas, que un titular puede destruir una buena historia, que el periodista se hace a base de crónicas diarias, que hay silencios que matan y ruidos que adormecen, que la violencia vende, que el mundo está lleno de injusticias, tantas que uno piensa que no merece la pena seguir contándolas hasta que descubre los pequeños milagros: una superviviente, un testigo, una víctima, un héroe o una heroína. Hay personas genuinas que son la excepción en el mar de las maldades y el santo grial que nos inspira. Personas que llevan a sus espaldas nuestras entradillas. Personas que deben ser inmortalizadas en los libros de historia.

Y eso que contar la historia a través de sus historias es una osadía. ¡Qué atrevimiento por mi parte! Yo tan poquita cosa y aspirando a tanto. Pero, ¿qué sería del mundo si no hubiera personas volcadas en lo que hacen? Lo único que pido es una cama en la que pueda caer exhausta tras pasarme todo el día escribiendo algo que importe. Eso es vivir. Sufrir, pasar calamidades, todo sea para salvar al periodismo y con él, las voces que no llegan. Admiro a la gente que hizo la maleta y partió para contar historias, yo quiero ser una de esas personas afortunadas.

Mientras usted tira esta carta, yo voy a seguir escribiendo. Ya sabe, es lo que tiene nacer utópica, sigo creyendo en los milagros. Pero no se olvide: contribuya en el salvavidas del periodismo. Con eso es suficiente.

02 agosto 2012

"Prometiste que romperías conmigo el ayuno, pero no viniste"

Una madre siria recuerda a su hijo en el aniversario de su muerte:

"Como este día, luz de mis ojos, como este día me prometiste tomar conmigo el Iftar (la comida para romper el ayuno), pero no viniste. Y ya estamos en el siguiente Ramadán y sigo esperando a que vengas. Siento que estoy como en un sueño.

Aquel día saliste de casa y me echaste una mirada que no voy a olvidar en la vida. Saliendo de casa, agarraste la puerta, te paraste un momento y me miraste como si estuvieras despidiéndote de mi... Por Dios que lo sabía. Me lo decía mi corazón. Pero no lo esperaba tan pronto. Estabas a punto de irte a Arabia Saudí pero me dijiste que no podías dejar el país como estaba.

¡Cuánto echabas de menos a tus hermanas y a sus hijos! Me decías: "Mamá, no vienen, quiero verlos. Mejor que vengan ahora que después". No sabía lo que significaba "después".

Te tengo preparado todas las fotos desde que eras pequeño y toda la época de tu infancia. Las voy a exponer en tu boda. Voy a hacerte una boda sin igual. Esta boda será la boda de los mártires.

Tengo todavía tus risas en mis oídos. Sólo se te oía reír cuando me dabas aquellos sustos, esos en los que luego me cogías de la mano diciendo "Espero no haberte asustado". 

Te veo en los ojos de tus hermanas y en sus hijos, que no llegaste a ver. En tu querido Omar estoy viendo tu infancia, como si fuera una cinta de tu vida que se repite delante de mi. ¡Oh Dios! Intenté reprimirme mucho pero no pude. Me salió de dentro.

Te hablé de un Hadiz (los dichos del profeta Mahoma) que decía que la yihad (el esfuerzo) del hijo único es cuidar de su madre y de su padre. Me decías "Sí mamá" pero luego, les decías a tus hermanas "Decirle a mamá que no se enfade conmigo, pero ya no puedo dejar esto."

Gracias a Dios te vi en mis sueños. Me dijiste que estabas feliz y que no me enfade. Que Dios te de toda la felicidad, amor mío, y pide a Dios por mí, pide que me de fuerza para soportar tu ausencia. Amor mío, espero juntarme contigo y que Dios te acepte como siempre decías que "el Dios de los mundos es más piadoso que la madre con su hijo". 

Dios te ha elegido y la voluntad de Dios se cumple."

Hace un año, un francotirador asesinaba en la ciudad de Homs al joven Adnan Abul Dayem. Adnan grababa con su móvil vídeos para documentar la represión del régimen sirio. Vídeos como este, la matanza del 18 de abril del 2011, conocida como 'la matanza del Reloj Nuevo'. La primera matanza de Homs. Las fuerzas de seguridad dispararon contra los manifestantes pacíficos:


Indefenso en las calles, minutos antes de su muerte, el 1 de agosto del 2011, portaba un cartel donde pedía libertad, tal y como puede verse al final de este vídeo. El régimen no supo enfrentarse con aquello, a si que alguien decidió que debía morir.


Un año después me atrevo a pronunciar su nombre sin miedo, porque cuando lo asesinaron el miedo todavía me carcomía. Pero las vidas perdidas nos dejan esa herencia, ese rancio heroísmo que nos envalentona.


No merecemos hablar por sus bocas, pero es el silencio que dejaron lo que nos recuerda por qué no debemos callar. 

Iré a visitarte en una Siria Libre, primo Adnan. 

27 junio 2012

Nuestro letargo ideológico o el giro copernicano del pueblo sirio


Grabé estas imágenes días antes de abandonar Homs. En el vídeo, los primeros manifestantes del barrio Al Qusur acababan de volver de la masacre del Reloj Nuevo. Gritan: "Asad, traidor, lleva tus soldados al Golán". El despertar del letargo ideológico del pueblo sirio quedaba retratado en ese grito desgarrador del joven que, por primera vez, se atrevía a expresar su indignación. Era insoportable pensar que los soldados que debían recuperar los Altos del Golán, ocupados por Israel, estuvieran matando a su propio pueblo.


La primera revolución en Siria no tuvo lugar en las calles, sino en las mentes. Miles de personas perdieron el miedo no sólo a la violenta represión de la dictadura, sino a pensar de forma diferente. Vieron en Túnez y en Egipto un espejo donde mirarse y las primeras y últimas protestas han sido demostraciones pacíficas de sus legítimas demandas: libertad y dignidad. Se encendieron las conciencias con esas dos ideas en una especie de giro copernicano que el régimen no ha podido apagar.

Fuera de sus fronteras, ese cambio no se ha producido. Muchos siguen juzgando lo que ocurre en el país con ideas preconcebidas. Se habla de Siria:

1) para compararla con Libia, como si ambos países compartieran el mismo contexto estratégico, político y social, aislando sus circunstancias específicas y obviando los elementos que arrojarían luz al entendimiento. No sólo confunden a la opinión pública, sino que demuestran tener poco conocimiento de la historia contemporánea de la región. Como afirma Alba Rico: "Al hablar de las intifadas árabes es necesario atender al mismo tiempo a lo específico y a lo común como fuentes indispensables, no jerarquizadas, de explicación".

2) para defender la teoría conspiranoica, la cual asegura que el gobierno sirio es legítimo y que lucha contra la injerencia extranjera de Estados Unidos, Israel y los países del golfo. Sabemos que los petrodólares llevan décadas financiando a los opositores de todas las dictaduras de la región, pero no olvidemos que el régimen se mantiene por el apoyo de Rusia y que los destinos de Irán y Líbano van ligados al destino de Damasco. 

   En el tablero de ajedrez sirio, todos los países mueven sus fichas. Hablar sólo sobre uno de los jugadores es faltar a la verdad. Sobre la influencia exterior en los rebeldes,  las últimas informaciones que recogían New York Times y The Guardian confirman la financiación de los insurrectos desde territorio turco. Existen pruebas evidentes de que agentes externos al levantamiento popular intentan abortar la revolución. 

   Pero si Asad fuera la verdadera víctima de un complot internacional, estaría deseoso de informar sobre estos atropellos y abriría las puertas a la prensa extranjera. O permitiría la libre circulación de observadores para demostrar su inocencia. No es el caso. El régimen de Asad no se puede sostener sin violencia. El giro copernicano es más fuerte.

3) para oponerse a la intervención 'por motivos humanitarios', como si todos los sirios quisieran romper el frágil equilibrio entre las diferentes sectas o no fuéramos conscientes de lo que supuso la intervención en Irak y Afganistán. Son los sirios los que han vivido más de cerca la intervención iraquí, el miedo a la iraquización del país sigue presente. ¿Por qué hay quienes se consideran mejores conocedores de sus consecuencias? 

Si apartaran el odio y la impotencia que esa realidad ha ido alimentando con los años (la ocupación israelí en Palestina, la intervención en Irak, la deriva de Afganistán)  y abrieran los ojos a la tragedia que vive hoy el pueblo sirio, descubrirían que estamos en la misma lucha.

Si algo deberíamos haber aprendido de las últimas intifadas es que los árabes han dejado de estar marginados de la corriente central de la historia. Como declara Santiago Alba: "Se han reivindicado como adelantados de un movimiento universal de renovación democrática". Una "ola redignificadora" cuyo principal objetivo es anteponer sus destinos a los intereses de los demás. Incluso, "a los nuestros".


Entrevista a Santiago Alba Rico aquí.

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